La Isla de la Elegía
Sucedió hace mucho, mucho tiempo, en un pequeña isla, ahora ya desaparecida, tenían una peculiar costumbre.
A los muertos los despedían con un canto. Una elegía.
Tales cantos se recitaban sin cesar cuando esa persona quedaba postrada en el lecho de muerte, durante el funeral y hasta el final del entierro.
Las elegías se recitaban por muchas razone4s, para aliviar la pena de la familia para recordar el legado de los difuntos, para apaciguar el alama de alguien que murió en circunstancias adversas, para celebrar que alguien llegara a viejo o para expresar la rabia por una muerte injusta.
No había melodías ni letras, al parecer los cantos no incluían ningún tipo de verso.
- No se ha salvado ningún documento, así que lo único que podemos hacer es recoger información oral – dice con resignación la arqueóloga mientras mira la isla desde la cubierta del barco.
Los habitantes de la isla no utilizaban ningún sistema de escritura, por lo que no dejaron constancia de su existencia.
- Ojala pudiéramos hablar con algún superviviente, pero no queda ninguno. Asesinaron a todos sus habitantes.
La arqueóloga del equipo de investigación es una mujer de veintitantos años. Su país es el que arraso la isla. Sucedió cuando sus antepasados, siete generaciones atrás, conformaban aun un pueblo joven.
- Detesto hablar pestes de mi propio país,- comenta con un encogimiento de hombros – pero la verdad es que se excedieron.
“Se excedieron” no es ninguna exageración. Su país se enorgullecía de su potencial militar. Dominar la islita debió suponerle la misma dificultad que retorcer el brazo a un niño. Así y todo, su país consideraba que debía oprimir a sus vecinos. A los líderes esto les preocupaba más que la propia isla cuando iniciaron el ataque.
Invadirla fue pan comido, la incendiaron de extremo a extremo. Hasta el ultimo de sus habitantes, tanto recién nacidos como ancianos moribundos, fue asesinado sin piedad.
- Aunque me extraña – dice la joven con una sonrisa apagada- que apenas queden registros de aquellos días, ni siquiera en nuestro país. Supongo que lo que hicieron fue tan espantoso que no quería que sus descendientes lo supieran
Al oír el comentario, algunos de los eruditos veteranos que viajan a bordo carraspean, lo que le hace cerrar la boca.
- Lo siento – susurra- No sois mucho mayores que yo, así que no creo que os apetezca hablar de esto…
- A mi si.
- ¿Qué interés puede tener un marinero como tu por un tema de estudio tan aburrido?
Kaim se limita a menear la cabeza en silencio.
De pronto las cosas se ponen feas en el barco. Se están acercando a la isla y han entrado en una zona de canales intrincados que pondrán a prueba la maestría de la tripulación. El contramaestre llama a Kaim.
- Oh, lo siento- dice la muchacha- No debería robarte tu tiempo. Tienes otras cosas que hacer- Pese a la disculpa, la parlanchina joven arqueóloga le pregunta- ¿Te importaría se te hago una ultima pregunta?
- Faltaría mas – responde Kaim
La chica mira alrededor para cerciorarse de que nadie los escucha y susurra:
- Seguro que es la primera vez que guías a un grupo de investigadores
- Pues si
- ¿Y es tu primera vez en esta isla?
- Así es…
- Entonces no conocerás las historias escalofriantes que cuentan sobre este lugar, como que los eruditos que ponen los pies en ella quedan malditos. Dicen que enferman mientras estudian el terreno o que pierden la cabeza al regresar a casa. Tengo entendido que algunos se suicidan.
- Hablas de tiempos pasados ¿verdad?
- Si, este es el primer viaje de investigación en 50 años. Hasta entonces, siempre que enviaban un grupo, uno o dos miembros sufrían la maldición. Por eso el estudio lleva tanto tiempo detenido. Así que estoy algo asustada… - La joven simula un escalofrío.- Me preguntaba si podrías enseñarme un conjuro para volver sana y salva.
Kaim se asoma a sus ojos para ver quien hay al otro lado.
- No te va a pasar nada – le asegura
- ¿Tú crees?
- No me cabe la menor duda
La muchacha le mira incrédula
- Pero si oyes un canto – añade- Tararéalo.
- ¿A que te refieres? – Pregunta la erudita, cada vez más nerviosa, pero Kaim no le dice nada más.
- ¡Date Prisa!- Le grita el contramaestre a Kaim, que corre a su puesto.
Ha tenido que contarle una mentira piadosa a la joven. Esta no es la primera vez que se desplaza a la isla. Ya la ha visitado en otras ocasiones.
El primero de los viajes tuvo lugar hace mucho, mucho tiempo.
Como dijo la arqueóloga, las elegías de la isla no tenían melodías ni letras determinadas. Nacían sobre la marcha y jamás se repetían. Cada muerte merece su propio canto.
Además, los dolientes nunca acordaban el tema de la composición antes de empezar a recitarla. Primero cada uno entonaba su propia canción para expresar lo que sentía por el difunto y después unían los distintos cantos en uno solo, sin que ninguna voz destacara sobre las demás.
Por supuesto, los habitantes de la isla, que no conocían la escritura, no empleaban ningún tipo de notación musical. Tampoco tocaban ningún instrumento. Cada doliente, inspirado por la pérdida del ser querido, canalizaba la esperanza de un último viaje en paz hasta dar forma a la canción.
Kaim visito esta isla por primera vez cuando se encontraba en tiempo de paz, es decir, hace siglos. Llego justo cuando había muerto uno de los ancianos de la isla. Se canto la misma elegía a todas horas durante tres días. La canción de los isleños, que estremecía la oscuridad y se alzaba hasta el cielo límpido y azul, lo hizo sentirse pleno, a el, un hombre por que nadie entonaría jamás una elegía.
¡Y que una isla asi hubiera sido reducida a cenizas!
Los habitantes huyeron en todas direcciones pero los asesinaron uno a uno. Aquel baño de sangre puso fin a todo.
Kaim sabe de las atrocidades que se cometieron durante la matanza, salvajadas que no se permitió conocer a la generación de la joven arqueóloga.
De haberlo querido, el país de la muchacha podía haber tomado el control de la isla en una sola noche, pero en lugar de eso abuso de su superioridad militar para, a lo largo de varios días, ir dando caza hasta al ultimo de los habitantes, como si quisiera rellenar poco a poco los espacios en blanco de un libro para colorear.
Las elegías inundaron la isla. Al principio, cuando todavía los vivos eran mas numerosos que los muertos, los cantos elegiacos retumbaban por todo el peñón. Sin embargo, a medida que fueron transcurriendo los días y el número de muertos fue superando al de vivos, los cantos comenzaron a extinguirse.
Al final de la matanza, los pocos supervivientes, que habían permanecido arrinconados en el extremo norte de la isla, se refugiaron en una gran cueva. Allí esperaron la muerte.
Lo único que podían hacer era rezar por que se les permitiera morir en relativa paz. No obstante, los invasores se negaron a concederles esta última voluntad. El ejercito del país de la arqueóloga opto por la crueldad extrema. Entro en la cueva con todas las armas de las que disponía para sacar y asesinar a un isleño cada jornada.
Hoy asesinaban a un anciano, mañana a un muchacho.
Al siguiente torturaban hasta la muerte a una madre con su hijo en brazos y al otro ejecutaban al pequeño.
Las elegías resonaban sin cesar
Los ecos de los cantos que resonaban en la cueva llegaron a los oídos de los soldados encargados del exterminio. Aquellos que tenían un corazón noble iban derrumbándose uno a uno o enloqueciendo y abandonando el frente.
La canción era la única arma de los isleños, que no podían luchar de otra manera. Continuaron cantando, a pesar del hambre, la sed y el miedo.
El comandante de la tropa de represión de insurgentes ordeno a sus hombres que cegaran la entrada de la cueva. Pensó que si enterraban vivos a los habitantes, ya no tendrían que soportar los cantos. Pero, pese a todo se seguían oyendo las elegías amortiguadas, los coros continuaban, un día tras otro.
Se seguían oyendo tanto si llovía, como si hacia sol. Lo mismo de día que de noche, solo que ahora con pausas, lo que aumentaba poco a poco la duración. Los cantos dejaron de ser una elegía de una sola persona, y se convirtió en una canción impregnada por la pena de todas las cosas vivas de la isla.
Al final de la estación, ceso el último canto.
El ejercito se marcho de la isla.
No quedo ningún registro de aquellas operaciones militares.
Nadie se marcho a vivir a la isla jamás.
El primer grupo de investigación enviado en 50 años solo encuentra dificultades. Casi a diario, el buque que permanece anclado en las inmediaciones de la costa recibe un nuevo enfermo.
Todos los investigadores gimen de dolor y se tapan los oídos. La situación es la misma que cuando se prohibió explorar la isla.
Kaim sabe muy bien lo que ocurre.
La brisa marina que peina la isla suena como una canción. Las ramas que se mecen en el bosque suenan como una canción. El trino de los pájaros suena como una canción. El murmullo de un arroyo suena como una canción. Los pasos sobre las hojas caídas suenan como una canción. El susurro de las olas que van y vienen suena como una canción…
La elegía por la isla, que antes los habitantes cantaban con todo su ser, ahora la entona el propio peñón.
- Por favor, basta, te lo ruego, ya no mas… - balbucean los eruditos en su delirio, sin destaparse los oídos- No se que ocurrió, fueron nuestros ancestros, no nosotros.
Los suplicantes estudiosos sienten la rabia y el dolor que inflaman la incesante elegía. Lo que dicen es verdad, no es culpa suya.
Sin embargo, nadie les hablo nunca de lo que ocurrió aquí en el pasado. A veces la ignorancia es un pecado capital.
Deberían destaparse los oídos y escuchar bien. Es lo que siempre ha hecho Kaim.
La elegía que canta la isla no es solo una lluvia de odio y rabia que les empapa el alma. La isla no pretende torturar a una generación inocente.
En lugar de taparse los oídos deberían escuchar. Si lo hacen, recibirán el mensaje, pues la isla les dice “debéis saber la verdad. Debéis saber lo que ocurrió aquí hace tanto tiempo”.
La investigación termina antes de lo esperado. La mayoría de los eruditos, desquiciados han regresado al barco y a los mas enfermos se les ha enviado a casa. Ya no es posible continuar el trabajo.
La joven arqueóloga que pidió ayuda a Kaim durante el viaje de ida es uno de los pocos que ha resistido hasta el final.
- Gracias a ti – le dice
En cuanto salto del bote a bordo del barco, vio a Kaim en cubierta y corrió hacia el. Parece agotada pero sin duda su cansancio no es tanto físico como mental. Aun así, su mirada conserva el brillo de una voluntan inquebrantable.
- ¿Has oído el canto?
- Si- contesta la muchacha que afirma con la cabeza y mira hacia la isla- Es tan triste…
Kaim lo sabía, la joven ha sabido abrir su corazón a la tristeza.
- ¿Lo has tarareado?
- Si, también, en parte por que me lo aconsejaste, aunque me salio de una forma bastante natural
Kaim asiente con la cabeza y le sonríe
- Puede que averigüe cosas que a mi gente le parezcan incomodas, pero creo que es absolutamente necesario conocer la verdad… lo que sucedió en realidad.
El barco sale a mar abierto. Un ave blanca sale volando de la isla como para despedir a los visitantes.
Describe un arco amplio en el cielo azul, espera a que el barco le siga, queda quieta y emite un grito agudo y penetrante.
Ya no se trata de una elegía, sino de un canto de dicha y perdón que anuncia el amanecer de una nueva era.
FIN
El siguiente en unos dias...