Me ha costado volver a ponerme...
Pero aqui va el siguiente:
El Héroe
El héroe había dejado el frente y regresado a casa.
Se había portado con valentía en el campo de batalla, lo habían ascendido a general y había hecho una entrada triunfal en su pueblo natal.
Los aldeanos lo recibieron con una gran fiesta. A los adultos se les convido a beber al caer la tarde y a los niños se les obsequio con dulces. En los pastos, las vacas y ovejas con las que se sustentaban los aldeano, bien porque estaban nerviosas debido al inusual revuelo o bien porque era su manera de dar la bienvenida al héroe, emitían mugidos y balidos mas estridentes de lo normal que resonaban en el cielo azul del verano.
- ¡Eres el orgullo de este pueblo, General!
El jefe de la aldea, obviamente henchido de satisfacción, inflaba el pecho mientras recitaba su discurso de felicitación en la ceremonia de bienvenida.
- El hecho de que el héroe mas destacado del ejercito naciera en esta humilde aldea resulta increíblemente emocionante y grato ¡No me cabe duda de que nuestros antepasados también esta exultantes!
La multitud apretujada en la plaza del pueblo, estallo en un huracán de vítores y aplausos.
- Según las cifras oficiales facilitadas por el ejercito, general, te deshiciste de al menos dos mil soldados enemigos con tus propias manos- Una ovación ensordecedora sacudió la plaza.
- Ahora que lo pienso, la población de esta aldea no alcanza los 1000 vecinos. Esto significa, general que tu solo eliminaste a mas del doble de la población de este pueblo ¡Que suerte para nosotros que no lucharas junto al enemigo! ¡De haber habido un guerrero de tu talla en su bando, ahora estaríamos todos descansando en el cementerio de la colina!
Algunas mujeres fruncieron el ceño ante esta afirmación, pero los hombres, cegados por el licor, respondieron con carcajadas retumbantes.
El general, sentado en medio del escenario, se acaricio su solemne barba. Ninguno de los presentes sabia que este era un gesto que hacia cuando algo lo dejaba perplejo. Cuando se marcho del pueblo para alistarse, no era más que un soldado raso al que le quedaba mucho para poder dejarse barba.
- General, eres el verdadero salvador de nuestro ejército, y aun más, del país entero. Comprendo que mañana regreses al frente pero todos deseamos que disfrutes plenamente de esta visita excepcional a tu patria chica.
El jefe de la aldea termino de saludar y se retiro a los bastidores, después de lo cual salto al escenario el mejor humorista del pueblo, ataviado de la forma más cómica posible.
- ¡Estimado general! – Exclamo mientras corría hacia donde el gran hombre estaba sentado y se dejaba caer de rodillas-. ¡Oh, escucha mi suplica! - ¿Seria posible que me prestaras tu espada, aunque solo fuera un momento?
Pese a lo atónito que le dejaba la situación, el general, obligado por los aplausos y vítores del público, le tendió al cómico su espada borlada e incrustada en joyas.
El humorista ejecuto una marcada reverencia al tomar la espada entre sus manos y volvió a gritar: ¡Mi gratitud no conoce límites! Fingiendo tambalearse por el peso del arma, se acerco al borde del escenario y alzo la espada en ristre.
- Y, ahora, damas y caballeros, pasare a escenificar el episodio que disparo la fama de nuestro apreciado general, ¡Cuando hizo añicos a 18 enemigos!
El público aullaba enfervorizado y el artista, entre movimientos y comentarios exagerados, movía la espada describiendo un gran arco. El publico sabia muy bien que estaba haciendo. El general no se había hecho popular solo gracias a su capacidad estratégica, sino que además era un guerrero muy reconocido en el campo de batalla. No confiaba únicamente en sus armas, sino que además solía recurrir a su fuerza descomunal. Esto también era motivo de orgullo para los vecinos del pueblo.
- ¡Vamos, uno menos! ¡Dos que no lo cuentan! Espada atrás ¡Tres eliminados! El cuarto se lleva un tajo diagonal que le cruza el hombro, el quinto pierde la cabeza ¡Ahora tres a la vez! Sexto, séptimo y octavo ¡mira que son pesados! Ahí van tres ensartados…
Cuando el actor atravesó con la espada a tres oponentes imaginarios, el publico se volvió loco. Al final el general forzó una sonrisa y aplaudió. Sin embargo, en cuanto dejo de aplaudir volvió a acariciarse la barba.
- Supongo que comprendes como me sentía en aquel momento, en medio de aquel escenario – dice el general a Kaim antes de dar un trago de agua de su bota. Su barba es completamente cana y los hechos que rememora están ya muy lejos.
Kaim asiente con la cabeza en silencio y el general sigue hablando, como si cada palabra le hiriera:
- Mientras más aprendes sobre la guerra mas te sientes así.
- Seguro que los aldeanos no tenían mala intención, era su manera de homenajear al héroe local
- No, desde luego, todos lo hicieron de corazón. En mi pueblo vive la gente más agradable del mundo y es precisamente por eso por lo que me dolió tanto. Al cabo de un rato, ya no aguantaba más.
Hacer añicos a 18 hombres… Los meritos de un héroe se miden en números.
Sin duda, el cómico que blandía jovialmente la espada del general jamás podría haber imaginado como eran quienes se dejaron la vida en el campo de batalla: su expresión de agonía, el odio con que perdían la vista en el infinito.
- Aunque es normal. La gente que vive en paz no tiene por que saber estas cosas. Para eso estábamos nosotros: Para mantenerlos lejos del frente. ¿No te parece? Gracias a que ya matamos nosotros al enemigo, la gente que debemos proteger no necesita preocuparse por las crueldades de la guerra. A menos que creas eso, ¿Qué sentido tienen que nos matemos unos a otros?
Kaim responde con un silencio. Sin apoyar ni negar las afirmaciones del anciano general, observa con aire distraído las tropas de este.
- ¿Cómo has dicho que te llamas? ¿Kaim? Imagino que habrás matado a más soldados de los que podrás contar.
- Seria imposible contarlos a todos.
- Lo suponía, tienes el carácter perfecto, el que solo se cincela en el campo de batalla. Nadie más que alguien que ha sobrevivido a una guerra tras otra puede seguir adelante con absoluta naturalidad, como tú.
¿Qué hace un hombre así conduciendo un carro por un paso de montaña?
Kaim no dudará en marcharse si el anciano formula esa pregunta. Pero el general no indaga más en el pasado de Kaim. En vez de eso, se adivina cierto alivio en la manera en que sonríe al verlo conceder un descanso a los caballos.
- Tenía dieciséis años cuando participé en mi primera batalla. A partir de ahí, he ido de combate en combate hasta llegar a general. Al principio no se me quitaban de la cabeza los rostros de los hombres con los que cruzaba espadas y mataba. Aunque te esfuerces en olvidarlos, se te quedan grabados en la memoria. Tenía unas pesadillas terribles y por mucho que lo intentaba, tenía la sensación de no deshacerme nunca del hedor de la sangre que me saltaba a la cara y las manos. Era una obsesión mía, claro, pero una vez llegué a pasarme una noche entera metido en un río para limpiarme.
El general se detuvo un momento para meditar sobre la historia y luego prosiguió.
- Pero con el tiempo te acostumbras. Lo normal pasa a ser combatir y matar una y otra vez. El cuerpo, el alma y el corazón: todo se adapta, así somos. Por tanto, dejé de tener pesadillas. Acabé con todos los hombres que pude y olvidé el rostro de todos ellos. Para ti es igual ahora, ¿Verdad, Kaim?
- Tal vez.
- Es como una maldición. Si no te acostumbras, se te parte el alma. Por otro lado, sí acabas adaptándote, se te puede acabar congelando el corazón.
El general mira con afecto a sus tropas, a las que ha dado un respiro. Después bajando poco a poco la mirada hasta el pie de la montaña dice:
- Y eso fue lo que me encontré cuando regresé con tanta ilusión a mi pueblo.
Como acto final de la ceremonia de bienvenida, salió al escenario un grupo de niños.
- ¡Y ahora, en honor a nuestro héroe, los niños ofrecerán al general una guirnalda de flores más maravillosa que la más reluciente de las medallas!
El público volvió a enardecerse.
Cuando los niños le colgaron la guirnalda del cuello, el general se lo agradeció con una sonrisa cálida, la primera que consiguió esbozar con sinceridad desde que subió al escenario.
- Y por último, como homenaje especial al general, que ha participado en infinidad de batallas, siempre tan lejos de su casa, uno de los niños va a leer una redacción en la que describe la felicidad de llevar una vida pacífica en el pueblo.
Con expresión adusta, un niño pequeño, apenas lo bastante mayor para ir a la escuela, desplegó su redacción y, sosteniendo el papel con ambas manos, comenzó a leerla en voz alta, esforzándose para que todos los presentes lo oyeran.
- Primero voy a hablar sobre una de las cosas más bonitas que me han pasado. En mi casa tenemos un prado con montones de vacas y ovejas. Una de las vacas tuvo un bebé hace dos días. Yo ayudé a mi papá frotando la espalda de la vaca de heno mientras estaba teniendo el bebé. Como le da calor, le es más fácil parir. El bebé nació justo antes de que saliera el Sol. Era pequeñito peo se mantenía de pie solo. ¡Un bebé que bien! Pienso cuidarlo hasta que se haga grande. Becerrito, no tardes en crecer.
Al general se le habían humedecido los ojos.
- Ahora voy a hablar sobre la cosa más triste que me han pasado. Fue cuando mi abuelita se puso mala y se murió. Era una abuelita muy buena. Sé que su enfermedad era muy molesta, pero siempre sonreía cuando yo iba a verla. Cuando murió me dejo cogerla de la mano. No dejé de mirarla a la cara en ningún momento porque sabía que no volvería a verla nunca más y quería recordarla incluso cuando sea mayor. Nunca dejó de sonreírme, hasta que se fue. Por eso, en todos mis recuerdos la veo sonriendo. ¿Me ves desde el cielo, abuelita? ¡Nunca te olvidaré mientras viva!
El general tenía el rostro surcado de lágrimas.
Cuando terminó la ceremonia, el general dejó su aldea y partió hacia la ciudad donde estaba el cuartel general.
Allí escribió una larga carta al rey y le entregó su espada a su teniente de confianza. Había decidido retirarse.
- Fue una gran sorpresa para mí, igual que para todo el mundo. Pero cuando escuché la redacción de aquel niño, pensé: Lo que nos hace humanos es celebrar cada vida que viene al mundo y cada vida que se va. Las medallas dejaron de tener sentido. Ya no necesitaba el honor de que se me permitiera estar en presencia de su Majestad. Quería volver a ser una persona normal. En consecuencia, de la noche a la mañana, ya no era el héroe del pueblo, sino un despreciable traidor.
El general se gira hacia Kaim y le pregunta:
- Y tú ¿Me consideras un cobarde que huyó del campo de batalla o un desertor que traicionó a mi patria?
Kaim sonríe comprensivamente al anciano.
- Ninguna de las dos cosas – contesta.- Como soldado tomaste la decisión equivocada pero como persona elegiste bien.
El general se pasa la mano por la barba cana y dice:
- También mis costumbres han cambiado. Ahora me toco la barba cada vez que siento vergüenza
Kaim y el general se miran y se sonríen.
- Muy bien, es hora de continuar – dice el general, que gruñe al ponerse de pie.
Se dirige a sus tropas. De acuerdo, valientes, a partir de aquí todo es bajada. Todavía hay que hacer un último esfuerzo para llegar al pueblo antes de que anochezca.
Las “tropas” a las órdenes del general se componen de una treintena de ovejas, ninguna de las cuales tiene intención de arrebatarle la vida a nadie.
- Dime Kaim, ¿tienes pensado volver a luchar mas adelante?
- La verdad es que no lo sé- Responde
- Ahora me alegro de pastorear estas ovejas- asegura el general- No lamento en absoluto la decisión que tome aquel día. Me gustaría que mi vida te sirviese de lección.
Sin más, el general se da media vuelta y comienza a caminar. El rebaño le sigue con las filas establecidas. En posición de firme, el anciano levanta el brazo derecho para dar una nueva orden a sus tropas.
- ¡Adelante! ¡Ar!
La orden que antes dirigía a decenas de miles de hombres al campo de batalla ahora resuena agradablemente entre las montañas de su pueblo natal.
FIN