otros 2:
La tragedia del general Carnicero
Todos llaman al general el Carnicero.
A la hora de combatir es como una roca, posee excelentes dotes tácticas, aprovecha como
nadie el tiempo y las características del terreno y, sobre todo, destaca por su habilidad como
guerrero.
No obstante, la victoria en el campo de batalla no implica necesariamente una carnicería.
Los generales reciben un sobrenombre indicativo de sus capacidades militares: el Victorioso, el
Indomable, el Invencible… pero solo a uno lo llaman el Carnicero.
¿Sabes por qué, Kaim?
– pregunta el general mientras se recrea contemplando el vasto mar de cadáveres.
Kaim no contesta.
- Entró en liza como mercenario pero sus logros superaron con mucho los de las
propias tropas. Que el general llame a un hombre a su presencia y hable con él cara a
cara es un honor que muchos oficiales no alcanzarán ni en sus mejores sueños.
No solo por ganar batallas – prosigue el general –. Sería demasiado fácil limitarse a
matar al general enemigo. Acabar con el líder y punto. ¿Verdad?
Kaim asiente en silencio.
Así es como debería haber terminado este combate, en lugar de haberse alargado durante tres
días. El general enemigo se rindió apenas iniciado el conflicto. Ofreció su cabeza a cambio de la
vida de su ejército y su pueblo.
Sin embargo el Carnicero rechazó la oferta y continuó luchando contra un enemigo que había
abandonado la voluntad de combatir, hasta masacrarlo. Al día siguiente se prendió fuego al
bosque al que habían huido los sumisos aldeanos.
- El combate no termina cuando entonces la canción de la victoria en el campo de
batalla. Basta que sobreviva una solo persona para que la semilla del odio germine.
Hablo del deseo de venganza. Nada bueno puede ocurrir si lo dejamos crecer.
Hay que cortar de raíz los problemas que puedan surgir.
Por esto es por lo que las tropas a las órdenes del general aniquilaron a los jóvenes
del pueblo tras exterminar a los soldados enemigos. También asesinaron a los
inermes ancianos. Segaron la vida de las madres que huían con sus hijos en brazos.
Acabaron con los niños que permanecían aferrados a los cadáveres de sus madres.
- ¿Crees que soy cruel, Kaim?
- Sí – respondió el mercenario asintiendo con la cabeza.
Los oficiales que había alrededor de ambos se quedaron pálidos, pero el Carnicero sonrió y
prosiguió.
- Supongo que tú no hiciste nada de eso.
La tragedia del general Carnicero
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- Mi trabajo consiste en matar soldados en el campo de batalla.
En mi contrato no estipula otra cosa.
- Y yo te digo que esa es una manera necia de ver las cosas.
Esos soldados que has matado han dejado atrás hermanos e hijos. ¿Acaso quieres
vivir temeroso de su venganza? Es absurdo. Si acabas con la familia entera, vivirás sin
esa preocupación, ¿entiendes?
El general vomita una carcajada estentórea y los oficiales le responden con una sonrisa.
Kaim, sin embargo, se mantiene inexpresivo y se aleja.
- ¿Adónde vas, Kaim?
- No hay más que decir, ¿no? He cumplido mi parte del trato.
- Eso no importa. Espera.
Al decir esto el general, varios soldados se interponen en el camino de Kaim.
- Escucha Kaim. He recibido algunos informes que hablan de tus proezas en el frente.
¿Qué te parece luchar bajo mi mando de ahora en adelante? Aprovecharías al
máximo tus dotes marciales.
- No me interesa.
- ¿Cómo dices?
- Jamás emplearé mi espada contra un oponente desarmado.
El Carnicero se queda estupefacto por un momento y retuerce el gesto confundido.
- Todavía no lo entiendes, ¿verdad? Deberías repasar los libros de Historia. Te darías
cuenta de que el odio solo engendra más odio. Esto es lo que acaba destruyendo las
naciones y potencias más prósperas, y por eso me aseguro de acabar con el problema
de raíz.
- En mi opinión, general, una batalla y una matanza son cosas distintas.
- ¿Qué estás…
- Igual que el valor la crueldad.
- Tú, un vulgar mercenario, te atreves a darme lecciones…
- Permíteme decirte una cosa más acerca del odio, general.
No se extingue solo con asesinar a las personas.
Permanece en la tierra, en las nubes, en el viento.
Es lo que he creído siempre y pienso seguir haciéndolo.
- Estúpido...
- El exterminio es la solución de los cobardes. Eso es lo que creo.
- ¿Cómo osas…
El general mira a Kaim y sus hombres desenvainan.
En ese preciso instante se oyen procedente del bosque calcinado los gritos de unos soldados.
- ¡Aquí hay más! ¡Todavía quedan cinco! ¡No, seis! ¡Por allí! ¡Han huido por allí!
El general, distraído por los gritos, comienza a dar órdenes a sus hombres:
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- ¡Aprisa, cogedlos! ¡Que no se escape ni uno!
¡Vamos! ¡Vamos! ¡No los dejéis marchar!
Los hombres que bloqueaban el paso a Kaim se ponen nerviosos y ninguno piensa en
detenerlo cuando empieza a alejarse.
- ¿Habéis oído? ¡Que no se escapen! Como falte uno solo, despedíos de vuestra cabeza,
¡todos!
Los gritos del general son a todas luces los de un cobarde.
Después de aquel día, el Carnicero dirigió infinidad de batallas y redujo a cenizas incontables
aldeas, asesinando siempre a todos los habitantes.
Entonces, una noche, ocurrió algo.
El general sintió un picor extraño en el dorso de la mano.
No era como cuando le picaba un insecto o le salía un sarpullido. La picazón era mucho más
profunda y parecía retorcerle la carne.
- Qué raro…
Por mucho que se rascó, no obtuvo el menor alivio. Era muy extraño: no tenía ningún
enrojecimiento ni ninguna roncha y no se veía señal alguna de erupción.
- Me habrá picado una polilla venenosa.
…
Esa noche el general había incendiado otra aldea. Hasta entonces a ese pueblo, rodeado de
hermosas praderas como estaba, se le conocía en tiempo de paz como “la Villa Florida”. En
honor al nombre, los habitantes se dedicaban en cuerpo y alma a cultivar flores de todos los
colores; las que habían terminado de desarrollarse para esta época eran del color del sol
poniente.
De hecho, todo el pueblo parecía teñido del color del más magnífico de los crepúsculos.
Esta fue la aldea sobre la que el general desató un incendio más resplandeciente que cualquier
atardecer.
A los aldeanos, que corrían despavoridos en círculo, los mataron uno a uno. Más roja que el
cielo arrebolado, más roja que la más intensa llama era la sangre que empapaba la tierra.
…
- Pero siempre ha sido así. Hoy no he hecho nada especial.
El general sacude la mano, que no deja de picarle, y toma un trago de licor.
Sucedió en ese momento.
Una especie de granitos empezaron a rasgarle la piel del dorso de la mano.
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No sangró.
No sintió ningún dolor
Igual que las plantas cuando brotan de la tierra.
En efecto, las cosas que le estaban cubriendo el dorso de la mano ante sus propios ojos era, sin
la menor duda, brotes de plantas.
El general, espantado, cogió una navaja e intentó cortarse esas cosas.
Sin embargo, cuanto las tocó con la hoja, empezaron a emitir lo que parecían gemidos
humanos, iguales a los gritos de una persona al coserla a espadazos, o quemarla.
- ¡Callaos, malditos! Callaos, demonios…
Puesto que con una mano sostenía la navaja para quitarse lo que le salía de la otra, no podía
taparse los oídos.
Cuando acabó de cortarse esas criaturas del dorso de la mano, tenía el cuerpo cubierto de un
sudor pegajoso. Para descargar su rabia, llamó a gritos a los hombres que se suponía que
debían estar protegiéndolo.
- ¿Dónde demonios estabais?
- ¿Señor?
- ¡Tendríais que haber acudido corriendo al oír gritos en mi tienda! ¡Es vuestro deber
como guardias!
Los guardias se miraron confusos y el primero de ellos adujo trastabillado:
- Disculpe, señor, hemos permanecido todo el tiempo junto a la puerta pero no hemos
oído ningún…
El general miró a sus hombres, colérico, pero una vez hubo dominado la ira que lo embargaba,
gritó: – No importa. ¡Fuera de aquí!
Estaba demasiado furioso como para perder el tiempo con los subordinados.
Al instante siguiente, empezó a picarle otra vez el dorso de la mano.
Solo que esta vez la quemazón no se limitaba a la mano:
también los costados, los hombros, las nalgas,
todo el cuerpo empezó a arderle.
El general, que se encontraba solo de nuevo, se arrancó a ropa de dormir y se examinó todo el
cuerpo aprovechando la luz de la luna que atravesaba la tela de la tienda.
Ahora esas criaturillas le brotaban de todas partes: a algunas incluso le salían hojas.
El general profirió un grito sordo y empezó a cortarse los retoños que iban apareciendo.
Según se iba deshaciendo de ellos, emitían gritos espantosos que helaban la sangre.
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Vio cómo las sábanas se iban tiñendo de verde y pronto los incontables brotes empezaron a
transformarse en un sinfín de cadáveres humanos. Cubrieron no solo su cama, sino el mundo
entero antes de fundirse con la negrura de la noche y desaparecer.
Las noches sin dormir se sucedían sin piedad.
Las horripilantes criaturas seguían brotando de su piel aunque las cortara mil veces.
Los ungüentos no surtían el menor efecto. Tomaba todos los antídotos que caían en sus
manos, pero ninguno servía de nada.
No podía hablar de esto con sus subordinados.
Si corriera el rumor de que al Carnicero le habían salido unas plantas misteriosas por todo el
cuerpo, sus enemigos se envalentonarían y sus aliados se desalentarían.
Tal vez hasta sus subordinados intentaran cortarle la cabeza una noche.
Por su cobardía lo conocían como el Carnicero y precisamente ese pánico lo había convertido
en un hombre solitario y aislado.
No tenía nadie con quien hablar de esto.
Todas las noches libraba en soledad la misma batalla,
aunque quizá no se tratara de un combate propiamente dicho. Las criaturas brotaban sin más
de su cuerpo y no ofrecían la menor resistencia. Cuando las tocaba con la navaja, gritaban y se
desprendían. Lo que hacía era más propio de un carnicero que de un guerrero.
Pasaron algunas noches más.
Las plantitas no dejaban de brotar. El único aspecto positivo podría ser que las criaturas solo le
salían en las partes del cuerpo a las que alcanzaba con la navaja. Sin embargo, esto también
podría haber sido un martirio. Al general no le quedaba otro remedio que seguir amputándose
los retoños precisamente porque llegaba a ellos.
Dado que se bastaba él solo para llevar a cabo la carnicería, no podía pedir ayuda.
La matanza en soledad no cesaba.
Las noches sin dormir no acababan.
Su cuerpo se iba consumiendo poco a poco.
“¿Por qué me pasa esto?”, se preguntaba el general.
“¿Por qué tiene que pasarme esto a mí?
Es tiempo de guerra. Estoy en el campo de batalla. Debo matar al enemigo para sobrevivir.
Para vivir tranquilo, tengo que aniquilaros a todos, tanto si van armados como si no.
- Es pura lógica – gruñía el general –.
Solo he hecho lo más prudente de la manera más sensata.
La tragedia del general Carnicero
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Esa noche volvieron a retoñar las plantas.
Una vez más, se las cortó con la navaja.
De nuevo escuchó los alaridos de sufrimiento.
De nuevo contempló el mar de cadáveres.
De nuevo oyó al gallo anunciar el inicio del nuevo día.
De nuevo pasó la noche sin el alivio del sueño.
El general veía cómo su cuerpo, su arma más letal ante el enemigo, se marchitaba día a día.
Junto con su vitalidad, también fue perdiendo la cabeza.
Se pasaba los días postrado en la cama.
Abriera o cerrara los ojos, solo veía imágenes de las matanzas que había llevado a cabo.
Ahora recordaba las palabras de un mercenario capaz pero insolente.
El odio no se extingue al poner fin a una vida.
Permanece…en la tierra, en las nubes, en el viento.
El general quería volver a ver a ese hombre…
Verlo y preguntarle otra vez si acaso se había equivocado todos estos años.
Tal vez este guerrero, un hombre silencioso, no respondiera a su pregunta. Con todo, el
general necesitaba verlo una vez más, al mercenario, a ese tal Kaim.
El sol se puso. La noche se fue cerrando.
Como siempre, el cuerpo comenzó a picarle y los retoños volvieron a brotar.
Pero el general, que sostenía la navaja entre unos dedos que ahora más bien semejaban ramas
marchitas, ya no tenía fuerza para seguir cortándoselos.
Empezó a picarle la espalda.
Era la primera vez que las criaturillas le salían en partes a las que no alcanzaba, como si
hubieran estado aguardando el momento oportuno.
El general, tumbado sobre la cama, dejó caer la navaja.
“Basta.
Ya no puedo más”.
Las plantitas siguieron naciendo
y lo fueron envolviendo hasta cubrirlo por completo.
Entonces le abrió la espalda, de la que surgió un retoño más grande de lo normal.
La tragedia del general Carnicero
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Al amanecer la planta ya había madurado y antes de que cantara el gallo ya había echado una
flor del color del atardecer.
Han pasado largos años.
Cuando visita el antiguo campo de batalla, Kaim se encuentra con un jardín.
Hay una plétora de flores de colores y formas distintos a los de las plantas de los bordes.
Junto al jardín hay un monumento de piedra con una inscripción de la historia del lugar:
En este campo terminó sus días un gran general.
Era conocido como el Carnicero. Murió de repente una noche
y de su cuerpo brotaron multitud de plantas florecientes.
Eran Flores de la Tarde, que solo crecían en una aldea
que el general había incendiado. Cuenta la leyenda que la semilla de la
Flor de la Tarde se aloja en el cuerpo de quienes tienen el alma abonada de odio
y que las raíces alimentan las flores con su carne.
Las flores del jardín, del color del sol poniente, se mecen al son de la suave brisa.
Kaim se queda allí un rato, contemplando la infinidad de flores nacidas del odio,
antes de seguir su camino en silencio.
Se dice que en el centro del jardín hay enterrada una armadura,
pero nadie la ha encontrado nunca…
Fin
La tragedia del general Carnicero
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La historia del anciano Greo
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La historia del anciano Greo
Todo el mundo consideraba al anciano Greo el mejor zapatero del país.
Sus zapatos eran ligeros como una pluma y resistentes como el acero. También eran caros
(triplicaban el precio normal del mercado). La gente que desconocía su reputación se quedaba
tan anonadada al conocer lo que cobraba que exclamaba: “¡El anciano debe de hacer zapatos
por amor al arte!”.
Por supuesto, no era tal el caso. Empezó como aprendiz de artesano a una tierna edad y cada
vez que adquiría conocimientos de un maestro, se marchaba a trabajar con otros zapateros de
mayor prestigio. Antes de darse cuenta, ya estaba haciendo zapatos para los nietos de sus
primeros clientes.
Greo era un artesano tan habilidoso que podía confeccionar cualquier tipo de zapato que el
cliente le encargara, pero lo que mejor se le daba ( y con lo que más disfrutaba ) era el calzado
de suela gruesa para caminantes.
Todos sus clientes estaban de acuerdo: “Una vez que has viajado con los zapatos del anciano
Greo, ya no puedes calzarte otros”.
Algunos decían: “¿Alguna vez os habéis puesto sus zapatos? No te cansas nunca. Solo quieres
seguir caminando, tan lejos como puedas. Casi odias llegar a tu destino”.
No obstante, pese al excelente artesano que era, el anciano Greo casi nunca hablaba con sus
clientes y en ocasiones se llegaba a mostrar muy desagradable. Cuando alguien alababa su
trabajo, ni siquiera sonreía. Tan solo se limitaba a poner otro trozo de piel en la horma de
madera y comenzaba a martillear.
Las únicas ocasiones en las que se le veía esbozar una sonrisa
casi inapreciable era cuando algún cliente visitaba su taller para realizar un pedido.
Tampoco era que le entusiasmara que le hicieran encargos. Cuando más disfrutaba era cuando
un cliente le traía un par de zapatos completamente deteriorados.
Examinaba con ternura las suelas desgastadas y los empeines ajados y les hablaba:
“Parece que habéis visto mucho mundo…”.
Los clientes habituales nunca se deshacían de los zapatos viejos porque sabían cuánto
disfrutaba el anciano con ellos. Ni tampoco osaban limpiarlos jamás antes de dejarlos en
manos del viejo artesano.
Los prefería recién utilizados, cubiertos de polvo, mugrientos y hediondos.
- Son mis sustitutos – decía, y les buscaba un lugar de honor en el almacén.
Caminan por mí. Han hecho su trabajo.
Odio tirarlos sólo porque ya no sirvan.
Pese a lo mucho que le satisfacía su trabajo, el anciano Greo jamás se calzaba sus zapatos.
La historia del anciano Greo
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No habría podido, aunque hubiera querido.
Le faltaban las piernas de las rodillas para abajo.
Una enfermedad terrible le devoró los huesos cuando era muy joven y tuvieron que amputarle
las piernas para salvarle la vida.
Llevaba toda su larga vida en una silla de ruedas. Jamás salió de su pueblo.
A esto se refería cuando decía que sus zapatos viajaban por él.
- Hacía tiempo que no te veía – dice el anciano Greo sin apartar la vista de su obra
cuando Kaim aparece en el umbral.
Aunque el artesano se encuentra de espaldas a la puerta, el sonido de los pasos le avisa
cuando llega un cliente habitual.
- ¿Has atravesado el desierto?
El sonido le dice lo desgastados que están los zapatos y qué terreno han pisado.
El anciano Greo es un artesano de primera.
- Ha sido un viaje horrible – contesta Kaim con una sonrisa sombría mientras se
acomoda en una silla de un rincón de la tienda.
Cuando el anciano Greo está dando los últimos toques a un trabajo, casi nada desvía su
atención, como bien saben sus clientes habituales.
- ¿Han estado a la altura mis zapatos? – pregunta el artesano.
- ¡Como nunca! Nadie me hubiera hecho unos mejores.
- Me alegro.
El anciano no muestra el menor entusiasmo, lo que es de esperar.
Greo es especialmente seco cuando trabaja. Si Kaim desea verlo sonreír, tendrá que esperar
hasta entregarle los zapatos viejos en un descanso.
- ¿Vas a encargar otro par?
- Ajá.
- ¿Adónde vas ahora?
- Al Norte, seguramente.
- ¿Al mar o a las montañas?
- Puede que recorra la costa.
- ¿Para luchar?
- Es posible.
El anciano Greo asiente con la cabeza.
Guarda silencio durante un momento.
El único ruido que se escucha en todo el taller lo produce su mazo de madera.
La historia del anciano Greo
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Como en los viejos tiempos. El golpeteo trae recuerdos a Kaim.
Ha encargado incontables pares de zapatos en esta tienda.
Incluso antes de que pasara a regentarla el anciano.
Kaim es uno de los clientes más antiguos del anciano Greo.
En otras palabras, es de los pocos que ha sobrevivido a sus viajes.
Entre golpeteos y palabras dispersas, el anciano va hablándole a Kaim sobre la muerte de
algunos de sus clientes de siempre. Uno enfermó y murió mientras viajaba. Otro perdió la vida
en un accidente. En cuanto al que murió en combate…
- Es duro cuando solo vuelven los zapatos.
Kaim asiente con la cabeza.
- Hace una semana murió un muchacho. Llevaba el primer par de zapatos que me había
encargado. Las suelas apenas estaban gastadas.
- Háblame de él.
- Bueno, es lo de siempre. Deja su hogar en busca de una vida más interesante, los
padres intentan hacerle recapacitar, pero se marcha de todas maneras.
- Me sorprende que pudiera permitirse unos zapatos tuyos.
- Se los pagaron los padres. Triste, ¿verdad? Entregan a su hijo todo su amor y cariño y
cuando apenas ha dejado de ser un crío, dice que se va de casa. Al final acceden y
deciden dejarlo marchar. Piensan que por lo menos le pueden entregar un par de
zapatos míos como regalo de despedida. En menos de un mes el muchacho regresa
con los pies por delante. No sé, creo que los padres de ahora no saben criar a sus
hijos. Es tan absurdo…
Greo parece escupir cada palabra.
Kaim sabe que los sentimientos del anciano son mucho más profundos. El anciano Greo lo
dejaría todo para tener listo un nuevo par de zapatos para el funeral de un muchacho
desgraciado que pasó a mejor vida cuando intentaba cumplir su sueño. Se los calzaría al
cadáver en el ataúd y rezaría por que consiguiera terminar este último viaje.
Greo guarda silencio de nuevo y coge el mazo.
Kaim se fija en lo encorvado y enjuto que se ha quedado el viejo.
Hace mucho que lo conoce. Sus días acabarán pronto, piensa Kaim con aflicción.
El anciano Greo decide que se puede permitir darse la vuelta y mirar a su cliente.
- Me alegro de verte por aquí, Kaim.
Tiene el rostro surcado de arrugas. A Kaim le vuelve a llamar la atención cuánto ha envejecido.
- ¿Adónde decías que te diriges ahora?
- Al Norte.
La historia del anciano Greo
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- Sí, eso me había parecido.
Kaim menea la cabeza. El viejo parece no concentrarse como antes cuando no está trabajando
y a veces le falla la memoria.
Poco a poco pero inequívocamente, el anciano Greo se va perdiendo en la frontera que separa
la realidad de los sueños. La gente envejece y muere. La certeza de este destino inevitable
estremece a Kaim con especial intensidad cada vez que finaliza un viaje largo.
- Veo que también has sobrevivido ahora.
Kaim lo mira forzando una sonrisa.
- ¿Lo has olvidado? No puedo morir.
- Oh, supongo que ya lo sabía…
- Tampoco envejezco. Tengo el mismo aspecto que el día que me conociste, ¿no crees?
Por un momento, el anciano parece confuso.
- Claro, entonces eras un niño.
Acababas de recuperarte de aquella enfermedad pero habías perdido las piernas y te
pasabas el día llorando.
- Es verdad…me acuerdo…
- Me llamabas hermano mayor Kaim y jugabas con mis zapatos viejos. ¿Te acuerdas?
- Sí, desde luego.
Ahora Greo está seguro de lo que dice. O la niebla se ha dispersado o los recuerdos lejanos han
vuelto con especial claridad porque proceden de un pasado muy distante.
- Tenían unos cuantos agujeros, cierto tufillo acre a barro y sudor y las suelas estaban
desgastadas.
Cualquier hubiera pensado que no eran más que unos zapatos viejos que había que
tirar, pero para mí escondían un tesoro.
Recuerdo que pasé el dedo por la capa de suciedad que los cubría y que intentaba
adivinar qué parajes habrían recorrido. ¡Me divertí tanto con ellos! ¡Tanto!
Fue gracias a ti, Kaim.
De no haberte conocido, me habría pasado la vida maldiciendo mi suerte. Sin
embargo he sido feliz. Soy feliz ahora. Aunque no pueda salir de este taller, mis hijos
pueden viajar por mí. He llevado una vida plena.
Guarda silencio.
¡Bueno, basta de palabrerías! – exclama Greo entre avergonzado y sonriente y le tiende su
gruesa mano a Kaim.
- Muy bien, venga, dame a mis hijos – dice, y Kaim le entrega un par de zapatos
destrozados.
La historia del anciano Greo
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El viejo los acaricia con cariño y dice suspirando:
- Has luchado en multitud de batallas.
- También fui mercenario durante un tiempo.
- Lo sé – dice Greo –. Huelo la sangre.
Siempre me traes los zapatos igual.
- ¿Te

a?
- En absoluto. Me alegro de que hayas regresado sano y salvo.
- Me marcharé otra vez en cuanto me prepares los nuevos
- ¿Otro viaje de esos? ¿A la guerra?
- Ajá…
- Y cuando el viaje acabe, ¿volverás a partir?
- Es posible…
- ¿Cuánto aguantarás así?
Kaim contesta con una sonrisa apgada. Siempre. Esta no es una palabra que deba pronunciar a
la ligera en presencia de alguien que ha consumido el poco tiempo que se le ha dado.
- Oh, bueno, qué más da – dice el viejo, que da la espalda para volver a su trabajo.
- Espera tres días. Podrás salir la mañana del cuarto.
- Muy bien.
- Y luego, ¿cuándo nos volveremos a ver?
- Dentro de dos años, quizá. Tal vez tres. Puede que un poco más tarde.
- ¿De verdad? En fin, en ese caso puede que este sea el último par de zapatos que hago
para ti.
Kaim cree que así será. No es muy probable que el anciano resista tres años más. Kaim desea
de corazón que viva más tiempo, pero no basta con tan solo desearlo.
Solo quienes viven eternamente saben que este es el motivo por el que el tiempo que se le
concede a una persona es tan precioso e irrecuperable.
- Oye, Kaim…
- Dime.
- ¿Te importa si hago un segundo par de zapatos del mismo cuero iguales a los tuyos?
Explica que serán para él mismo, para meterlos en su ataúd a la hora de emprender el último
viaje.
- Cómo no – responde Kaim.
El anciano comienza a golpear con el mazo en lugar de darle las gracias.
El ruido es más triste y lúgubre de lo normal.
- Eso sí, ahora que lo pienso, Kaim, vuelve alguna vez por aquí, aunque yo haya muerto.
Deja tus zapatos viejos junto a mi tumba.
- Lo haré.
La historia del anciano Greo
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- Me gustaría decir que llegaré al cielo antes que tú y que te estaré esperando, pero en
este caso no es apropiado.
- No, por desgracia.
- ¿Cómo es eso de no acabar nunca el viaje? ¿Te hace feliz? ¿Te entristece?
- Es más bien una desgracia – contesta Kaim, pero su voz se ahoga bajo el golpeteo
cada vez más fuerte del mazo de Greo, de manera que ni él mismo se oye.
El anciano Greo llegó al término de sus días poco después de la visita de Kaim.
Puesto que Greo no tenía familia, su tumba del cementerio del límite del pueblo estaba
atendida por sus muchos hijos.
Tal como era su deseo, sus clientes habituales dejaban sus zapatos viejos junto a su tumba.
Entre ellos se contaban los de Kaim.
El epitafio lo escogió el propio Greo.
Esta fue la explicación que le dio a Kaim: “Se lo decía a cada par de zapatos antes de
entregárselos a los clientes. A ellos también se lo deseaba siempre. A mí, sin embargo, nunca
me lo dijo nadie.
Por eso quiero que lo ponga en mi lápida.
Estas son las palabras con las que quiero que me despidan cuando parta hacia el cielo”.
Han pasado varias décadas.
No solo el anciano Greo sino también todos los clientes que lo conocieron abandonaron este
mundo hace mucho.
El único que sigue viniendo a presentarle sus respetos es Kaim.
Ya no calza los zapatos que le confeccionó el viejo. Al igual que la de un hombre, la vida de
unos zapatos es limitada.
Con todo, Kaim viene al pueblo antes de iniciar cada viaje para tocar el suelo con la frente ante
la tumba del anciano.
La tumba está cubierta de musgo, aunque, por extraño que parezca, la inscripción tallada en la
lápida se sigue leyendo con claridad.
“¡Que tengas un buen viaje!”
Esto fue lo que el anciano le deseó siempre a todo el mundo.
Las palabras brotaban con sequedad de sus labios, aunque siempre cargadas de sentimiento.
Fin