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Mil Años de Sueños

<b>Logros:</b> 42 <b>Puntuación:</b> 1100 <b>Dificultad:</b> 08/10 <b>Guía:</b> Sí

Moderador: Moderadores

Notapor kraken90 el Mar 29 Jul, 2008 14:00

siento tardar tantoo..ya se ke no e dado señales de vida pero mi PC murio :(:(...ya me he comprado otro y puedo seguir con la hazaña pendente....decidme alguno ke lo pondre sin falta...avisadme para ir escribiendolo ok???....
A todos disculpen las molestias y vjoe lo siento de veras ;)..Gracias

 

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Notapor Gyzmo el Mar 29 Jul, 2008 19:27

Bueno, ahora que ya he puesto el 7(como he podido, jejeje) le toca el turno al siguiente...
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Notapor kraken90 el Mar 29 Jul, 2008 19:54

gyzmo edita el sueño el titulo....7.Las Contracorrientes...creo ke es ese ok ?? Saluds.. :razz:
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Notapor Gyzmo el Mar 29 Jul, 2008 20:23

Vale, ya está editado.Pero sólo he editado el título porque cambiar el cuento completo es un poco coñazo.¿Te referías al título sólo o a todo el sueño?.

Ciao!
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Notapor kraken90 el Mar 29 Jul, 2008 20:30

al titulo al tituloo..tas looco toodo el sueñoo :S:S como no cuesta nada hacerloo pos aslo 2 veces....jajsjajs
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Notapor Gyzmo el Mié 30 Jul, 2008 20:23

Pero ahora a quién le toca poner el siguiente y el siguiente y el siguiente...?
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Notapor Gyzmo el Dom 03 Ago, 2008 14:53

Hello?.Quién es el siguiente?
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Notapor kraken90 el Dom 03 Ago, 2008 23:18

Pos no lo se creo k es vjoe k tiene hecho los sueños hasta el 12 creo...deja ver si se pasa x aki xD
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Notapor vjoe el Jue 07 Ago, 2008 14:50

Bieeeen. Es cierto, ahora puedo colgar unos cuantos sueños del tirón. Dadme un segundo que recupere el archivo (debe haber cogido polvo y todo) y pongo del 8 al 12.
vjoe
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Notapor vjoe el Jue 07 Ago, 2008 15:09

Viven en conchas

Se encuentra a oscuras.
A diferencia de la oscuridad de la noche, esta es cerrada, carente de profundidad o extensión.

Oye una pesada puerta que se abre lentamente.

Un rayo de luz entra disparado, pero no está tan bien definido como eso.

Sin embargo, para unos ojos acostumbrados únicamente a la oscuridad, el débil destello se ve como fuegos artificiales.

-¡Parad! Por favor, ¡os lo ruego! ¡Soltadme!

Los gritos de un joven resuenan en el vacío.

Ninguna voz le responde.

En la oscuridad, Kaim cuenta los pasos. Han entrado tres hombres.

Los pasos desacompasados probablemente son los que marca el joven. Los otros dos están perfectamente coordinados.

-Por favor, os lo ruego. Si lo que queréis es dinero, fuera os conseguiré todo el que podáis pedir. Lo prometo. Sabré agradecéroslo. Por favor.




La única respuesta de los dos hombres que han traído aquí al joven es el ruido metálico de una cerradura de hierro al abrirse.

-¡No! ¡No! Por favor, os lo ruego. Haré lo que queráis. ¡Lo que sea!

Un ruido sordo es el sonido de la carne al rasgarse y del hueso al dislocarse.
Alguien se desploma sobre el suelo. Un grito ahogado. El ruido metálico de una cerradura de hierro al cerrarse.

Kaim sabe que han arrojado al joven en la concha de enfrente en diagonal a la suya. Cuando estás encerrado en una de estas conchas sin ventanas, tus oídos se vuelven sumamente sensibles.

-¡No lo hagáis! ¡Sacadme de aquí! ¡Por favor! ¡Quiero salir!

Por el sonido de la voz, Kaim imagina la cara de un joven con rasgos infantiles: un matón de poca monta apenas un escalón por encima de un miembro de una banda adolescente.

Sin duda, cuando aún estaba en la calle, solía pavonearse por la acera con sus astutos pero cobardes ojos mirando a todas partes.

Los dos hombres que lo han traído se mantienen en silencio hasta el final; sus pasos se alejan al compás. La pesada puerta se abre y se cierra de nuevo.

Sólo en la oscuridad, el joven berrea sus súplicas durante un tiempo, pero cuando comprende que no servirán de nada, grita hasta quedarse ronco, soltando una maldición tras otra hasta que empieza a sollozar.

-Cálmate –grita un anciano desde una de las conchas interiores-.

No te servirá de nada montar un alboroto. Ríndete, chaval.

Es la voz del hombre más viejo de los que viven en las alrededor de doce conchas alineadas en la oscuridad. Ya estaba aquí cuando mandaron a Kaim a este lugar.

Siempre calma y da consuelo a los recién llegados escandalosos.

-Si tienes tiempo de vociferar así, mantén los ojos cerrados.

-¿Cómo…?

-Tan solo asegúrate de seguir disfrutando tus recuerdos del exterior, como si fueran un trozo de caramelo.

De las conchas de los alrededores llegan sonidos de risas contenidas.

Kaim se une con una sonrisa y un suspiro.

Se supone que todas las conchas en esta oscuridad están llenas, pero pocos de sus habitantes se ríen.

La mayoría ha perdido las fuerzas para reír.

-Oye, chaval –el viejo sigue en su papel de asesor del recién llegado-, tanto alboroto no sirve de nada.

La mayoría ha perdido las fuerzas para reír.

-Tan solo cálmate y acepta tu suerte. De lo contrario… -y aquí aparece una nota de intensidad en la voz del hombre-, te sacarán de aquí con los pies por delante.

Eso es exactamente lo que le pasó ayer al inquilino de la concha del joven.

Había estado gritando intermitentemente durante un día. Hasta que llegó al punto de golpearse la cabeza contra la pared de la concha.
Después nada… hasta que lo sacaron a rastras en silencio.

-Así que aguanta, chaval. No dejes que la oscuridad te trague.
Cierra los ojos e imagina un bonito paisaje de fuera, cuanto más grande, mejor:
el mar, el cielo o un campo de hierba inmenso.
Recuerda. Imagina. Es el único modo de sobrevivir en este lugar.


Siempre da ese consejo a los recién llegados.

Pero el joven grita con lágrimas en los ojos:

-¿A quién diablos crees que estás engañando? ¿Sobrevivir en este lugar?

¿Y después qué? Sé lo que es este sitio. Una prisión “sin salida”.
Mandan a los condenados a cadena perpetua aquí,
les dan la comida justa para mantenerlos vivos y al final la palman de todos modos.
¿Me equivoco? No hay nada por lo que tener esperanza.

Los gritos se convierten en sollozos de nuevo.

Esta es la reacción de la mayoría de recién llegados.

Y sus razones tienen. Esto es una prisión.

Cada “concha” es una celda solitaria con barrotes, y el sol brilla sobre el prisionero solo el día de su funeral.

-Todo el mundo muere, chaval, eso está claro.
Pero no puedes dejar que tu mente se vaya antes que tu cuerpo.
La esperanza no se pierde a menos que tú mismo la deseches –continúa el viejo en voz baja, y prosigue solemnemente-. El sistema bajo el que vivimos tampoco puede durar mucho más.


El viejo es un prisionero político. Como líder de una facción opuesta al gobierno, se resistió a la dictadura durante mucho tiempo hasta que finalmente perdió la lucha y lo encarcelaron.

Sin embargo, el joven no oye las palabras del viejo. Sigue tirado en el suelo llorando.

Este tipo no estará en su concha mucho más que su predecesor.
En unos pocos días, o menos de un mes como máximo, se hará pedazos.

Así de fuerte es la oscuridad.

Privar al prisionero de luz es bastante más cruel que arrebatarle la vida en un momento.

-Vaya, vaya –reflexiona el viejo-. Este tipo no nos servirá de mucho en una fuga.
El viejo revolucionario ríe. Puede que sea una risa auténtica o una fachada atrevida, pero en cualquier caso casi nadie responde con una risa.

Mañana por la mañana, o mejor dicho, y ya que en la oscuridad no hay una “mañana” bien definida, después de que duerman, despierten y tomen la siguiente comida, sacarán otro frío cadáver de una concha sin una palabra.

-Oíd, muchachos. ¿Cuántos estamos aquí ahora? –pregunta el viejo revolucionario-. Responded si podéis oírme.

-Te escucho –dice Kaim.

La única voz es la suya.

Vaya calamidad. Hace poco estábamos hasta arriba –el viejo ríe entre dientes.

-Me pregunto si habrá pasado algo ahí fuera –dice Kaim.

-Puede que sí –responde el viejo revolucionario-.

En mi opinión, este sería el momento apropiado para un golpe de estado o una revolución. Mi gente no va a estarse quieta mucho más…

-Eh, ¿cómo dijiste que te llamabas? ¿Kaim? ¿Te has dado cuenta de lo que ocurre?

Últimamente ya no encierran a tanta gente como antes, y de los que traen nuevos, la mayoría son auténticos don nadie que no merece la pena condenar de por vida.


-Pues sí…

El joven era uno de ellos, tan solo un ladrón de poca monta.

Lo que sucedió es que entró a robar en un almacén que pertenecía a un rico con contactos con un político poderoso. Por eso lo metieron en una concha.

Las conchas siempre solían estar llenas.

Traían aquí a un puñado de hombres, que morían;
entonces traían hombres nuevos, y ellos morirían…

El chico era uno de esos. El terror de estar envuelto en tinieblas fue demasiado para él, y se hizo pedazos. Aparentemente al final tenía alucinaciones; “Ya voy, mamá, ya voy. Espérame, por favor, mamá…”, repetía una y otra vez al igual que un niño.
“Dónde estás, mamá? ¿Aquí? ¿Estás aquí?”…
y se arrancó los ojos con sus propias manos.

Supongo que las cosas se estaban poniendo feas ahí fuera,
con la policía perdiendo el control, y el gobierno
a punto de derrumbarse, y por eso las conchas estaban siempre llenas.

Eso es lo que trajo aquí al joven.


Murió con la sangre corriéndole de las cuencas de los ojos y mascullando entrecortadamente: -¿Qué he hecho yo?

Todo el mundo lo sabe… Hay muchos tipos mucho peores que yo…

-Pero ahora esto está vacío. ¿Sabes lo que significa, Kaim?

Claro. Hay tantos crímenes ahí fuera que el gobierno ya no puede contenerlos.

Lo has pillado. Por lo que sabemos puede que ya hayan colgado a toda la familia real. Es una revolución. Ocurrirá cualquier día. Eso significa que tú y yo saldremos de aquí. Mi gente vendrá y nos sacarán. Tan solo aguanta un poco más.


Kaim asiente en silencio. El viejo revolucionario continúa.

-No muchos podrían permanecer en calma como tú, arrojados en una concha y envueltos por las tinieblas de esta manera.

Ni siquiera Kaim puede explicarlo.
Es cierto que estaba extrañamente tranquilo cuando lo metieron en la concha.
Parecía reconocer la oscuridad como un recuerdo distante. En el pasado remoto, puede que él también hubiera saboreado la angustia de los habitantes de otras conchas torturados por el miedo de estar encerrados en la oscuridad.

-No, yo no…

Apenas merece la pena hablar de su crimen. Se resistió a las preguntas cuando lo trajeron como sospechoso, por eso se le tachó de rebelde y lo metieron en una concha. Aunque el viejo probablemente tenga razón. Es casi seguro que la dictadura del país está en sus últimos días.

-Ya no queda mucho. Estaremos de vuelta en el mundo real antes de que nos demos cuenta. Tengo esperanza, y no la perderé hasta que no me abandone a mí mismo – masculla el viejo revolucionario como si tratara de convencerse a sí mismo.

Poco después la prisión cae. Jóvenes armados entran cargando en la oscuridad y abren las puertas de las conchas.

El viejo revolucionario abraza a su gente y sale.

-¡Espera! –grita Kaim, intentando retenerlo.

Pero es demasiado tarde. Ansioso por ver el nuevo mundo después de la destrucción del antiguo sistema, el viejo revolucionario sale afuera y abre los ojos.

Es por la tarde.

Aunque el sol casi se ha puesto, la luz es lo bastante fuerte como para quemar unos ojos acostumbrados a la oscuridad total.

El viejo revolucionario se pone las manos sobre los ojos y con un gruñido cae de rodillas.

Kaim se salva a sí mismo cubriéndose los ojos con el brazo.

Ni siquiera él sabe qué le hizo hacer esto. ¿Acaso los recuerdos del pasado le han enseñado que lo realmente aterrador del castigo en la oscuridad es lo que sucede después de la liberación?

¿Cuándo he estado prisionero y dónde? Y lo que es más importante, ¿cuánto llevo en este viaje sin fin?

Con los ojos sangrando, rodeado en el suelo por sus chicos, el viejo revolucionario busca a Kaim.

-Llegué hasta aquí, Kaim, sólo para cometer un terrible error al final. Ahora probablemente mis ojos son inútiles.

Por eso precisamente le pide a Kaim un último favor.

-Dime Kaim, ¿cómo es el mundo de fuera? ¿Ha triunfado la revolución?
¿Se ve a la gente feliz? ¿Sonríen con alegría?

Kaim abre los ojos lentamente, y tan solo un poco, bajo la sombra de su mano.

Hasta donde puede ver, el suelo está lleno de cadáveres. Los cuerpos de las tropas reales y las revolucionarias se apilan unos sobre otros, y hay innumerables civiles muertos. Una madre yace muerta con su pequeño hijo en brazos; el sangriento cadáver del padre está junto a ellos, con los brazos extendidos en un intento inútil de protegerlos.

-Dime lo que ves, Kaim.

Kaim reprime un suspiro y responde.

El viejo revolucionario siente la verdad.

-Pase lo que pase, no abandonaré la esperanza, Kaim.

Kaim asiente, consciente de que así lo hará, y comienza a caminar.

-¿Adónde vas?

-No lo sé… A cualquier parte.

-Por qué no te quedas aquí y construyes un nuevo mundo con nosotros? De entre todos, tú puedes hacerlo, lo sé.

-Gracias, pero me marcharé de todas formas.

El viejo revolucionario no trata de retener a Kaim más.

En su lugar, como regalo de despedida, le repite las palabras que tan a menudo decía en la concha:
-Siempre habrá esperanza, donde quiera que estés, hasta que tú mismo la abandones. ¡Nunca lo olvides!

Kaim sigue adelante.

Sus ojos se encuentran por casualidad con el cuerpo de un joven muchacho a sus pies. El chico exhaló su último aliento con los ojos completamente abiertos por el miedo.

Kaim se arrodilla y con cuidado cierra los párpados del chico.

Muy adentro sabe, en un recuerdo demasiado alejado para que incluso él lo alcance, que mientras que la oscuridad puede ser una gran fuente de terror, también puede traer paz intensa y duradera.


Fin
vjoe
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Notapor vjoe el Jue 07 Ago, 2008 15:10

El mercenario parlanchín

Los baluartes caerán en manos del enemigo.
Es cuestión de tiempo.
Iniciarán el ataque al amanecer.
El grueso de las fuerzas aliadas ya se ha retirado del frente.

Tras la barricada solo quedan los mercenarios.
Sus órdenes: defenderla hasta la muerte.
Estos hombres, curtidos en innumerables batallas, saben muy bien lo que eso significa.

-Nos han abandonado a nuestra suerte –dice Toma riendo entre dientes en medio de una negrura opaca que impide a los hombres ver más allá de sus narices-. Quieren que ganemos tiempo para que el grueso pueda seguir replegándose. Se supone que somos su escudo y que prestamos un último servicio a nuestros jefes.



Su risa seca y áspera estremece la oscuridad.

Kaim no contesta. Tiene que haber más mercenarios alrededor de ambos, ocultos en la noche, pero todos guardan sus pensamientos para sí mismos.

En el campo de batalla los mercenarios no tienen nada que contarse.

En el siguiente combate podrían estar luchando en bandos opuestos. Sobre todo en un momento como este, en que tienen que defender la barricada del ataque demoledor del enemigo, no pueden permitirse mirarse a la cara siquiera.



Kaim no sabe nada acerca de este combatiente llamado Toma. Su voz es la de un hombre joven. Lo más probable es que tenga poca experiencia como mercenario.

Cuando a un hombre le da por hablar al enfrentarse a la muerte es que, en el fondo, adolece de un punto débil que le impide convertirse en un auténtico soldado.

Un mercenario que dé la menor señal de tener este defecto jamás podrá engañar a la muerte y vivir para contarlo.

Es la ley del campo de batalla, aunque los hombres como Toma no la descubren hasta el momento en que pierden la vida.

-Esto es el fin. Por la mañana estaremos todos muertos. Nos darán esa “bienvenida fría” de la que hablan. No lo soporto. Es superior a mis fuerzas.


La oscuridad envuelve el silencio con que sus compañeros le responden. Es demasiado tarde para hablar de esto.


El día que eligieron la senda de los mercenarios deberían haberse resignado a morir.

Se venden por un puñado de dinero.

Alargan su vida, un enemigo tras otro.

Un mercenario es eso, ni más ni menos.


-Eh… ¿Es que no me oís? ¿Cuántos somos? Vamos a morir todos juntos. Al amanecer formaremos una hilera de cadáveres.

No os calléis. ¡Decid algo!

Nadie contesta. E lugar de llenarse con las voces de sus compañeros, la oscuridad empieza a llenarse con un silencio incómodo.

Aguarda la batalla en silencio, combate al enemigo en silencio y muere en silencio.

Es la regla del mercenario, su “estética”, por así decirlo.

Sin embargo Toma ha decidido obviar esa estética.

-Desde el principio he sabido que era inútil. Los del cuartel general han perdido la cabeza. Es imposible que una estrategia así funcione. Vosotros sabéis a qué me refiero, ¿verdad, compañeros? Vamos a perder. Esto es un desastre. Ojalá me hubiera unido al otro bando. Entonces sí que nos hubiéramos hecho ricos. Podríamos beber hasta caer redondos. Podríamos tener todas las mujeres que quisiéramos. Tuve la oportunidad de elegir pero al final escogí luchar en el bando equivocado…

-¡Eh, tú! –exclama un veterano anónimo con tono airado.

-¿Qué? –contesta Toma, emocionado por que al fin alguien quiera hablar con él.

Como para hacer añicos su efímero entusiasmo, el veterano continúa: -¿Por qué no te callas un poco? Si de verdad quieres largarte de aquí, puedo hacer que te vayas al otro mundo antes que los demás.

-Lo… lo siento.

Abatido de repente, Toma guarda silencio y todo vuelve a quedar en calma.

Sin embargo el ambiente es tenso. Mucho más tenso incluso que antes de que Toma se pusiera a hablar.

Los veteranos lo saben muy bien: cuidado con los parlanchines.

Ser parlanchín significa confiar en las palabras –confiar demasiado en las palabras-.

En el campo de batalla la charlatanería no vale para nada. Cargas con tu arma en silencio, te das ánimos en silencio, luchas en silencio, matas –o te matan- en silencio. Aquí todos los mercenarios viven así. Todos excepto el parlanchín.

Es muy probable que el soldado que se refugia desesperadamente en las palabras acabe cediendo a otras cosas: a la dulce escapatoria de la traición, por ejemplo, a las mieles de la deserción en pleno combate o al alivio de la demencia.

Kaim ha visto a muchos mercenarios patéticos que, incapaces de soportar el terror de verse cercados por el enemigo, se desquician y atacan a los de su propio bando.

¿Será Toma de esos? Es muy posible y sin duda los demás también lo creen. Lo miran igual que si de su peor enemigo se tratara, en busca de cualquier cambio de comportamiento. En cuanto perciban en él la menor señal de amenaza, alguien hundirá su espada en el lado izquierdo de su pecho sin miramientos.

El silencio se prolonga.

Esta noche, a diferencia de la anterior, ni siquiera se oye el canto incansable de los insectos. Tal vez huyeran al presentir el ataque del enemigo al amanecer. Esto le recuerda a Kaim que ayer tampoco vio ningún pájaro por la zona. Aunque los animales se acercaban para rapiñar comida cuando los hombres llegaron para levantar la fortificación, hace días que no se ve ninguno.
Los animales conservan una misteriosa capacidad de presentir el peligro que los humanos han perdido. Esto resulta estremecedor cuando se visita un campo de batalla.

No cabe duda de que los animales han huido de esta barricada.

Ahora mismo, en algún bosque lejano, habrá alguna bandada de aves negras volando en busca de restos humanos que descarnar:

“¡El festín aguarda, amigos!”

Lo intuyen, de alguna manera. Para cuando el sol se haya alzado del todo, la batalla habrá terminado. Si no se dan prisa, otra bandada del bosque les arrebatará el alimento. Esos pajarracos negros, camuflados bajo el cielo nocturno, estarán aleteando con todas sus fuerzas.

Una voz quiebra el silencio. Es Toma, que llora.

-Escuchad, compañeros… No sé cuántos somos, pero al alba vamos a morir todos… o la mayoría. Tal vez sobrevivan uno o dos, pero no más. Pensadlo bien: no hay salvación. Ya habéis vivido esto antes. Sois veteranos, héroes de guerra, quizá ni siquiera estéis asustados. Pero aun así… Aunque no tengáis miedo, ¿no os parece una estupidez todo esto? ¿Eh? ¡Hablad! Habéis participado en muchas más batallas que yo, así que decidme… ¿Para qué demonios estamos aquí? No odiamos al enemigo, no les debemos nada a los líderes de nuestro bando, pero tenemos que obedecer sus órdenes y aniquilar al enemigo… Todo para acabar muertos. Decidme… ¿No os parece inútil? ¿No os parece absurdo?

La única respuesta es el chasquido de impaciencia que alguien hace con la lengua seguido del suspiro de fastidio de otro combatiente anónimo.

-No lo soporto más –masculla Toma-. Lo odio… -dice ya sollozando-.

Yo solo quería ganarme un dinero y poder comer y vestir mejor. Hubiera sido feliz así. Qué tremendo error elegir este trabajo. Nunca debería haber aceptado…


Kaim mantiene todos sus sentidos aguzados, atento a cualquier movimiento en la oscuridad.

Aparte de Toma y él, hay otros cinco soldados en cuclillas. Bien: todos son guerreros experimentados. De lo contrario no hubieran aguantado el lloriqueo de Toma. Si perdieran los estribos y empezaran a gritarle, lo agarraran del cuello o le dieran una paliza, acabarían agotados y desmoralizados antes de empezar el “trabajo” al amanecer.

Si estos hombres saben mantener la calma, sus posibilidades de sobrevivir son mucho mayores, suponiendo, claro está, que el parlanchín llorica no se convierta en una carga insoportable para el resto.

Sin dejar de gimotear, Toma sigue maldiciendo su suerte.
De pronto ocurre algo: algo se mueve en la oscuridad.

Cuidado, piensa Kaim, que sube aún más la guardia.

Cuando amanezca, Toma no será más que un lastre. Por su culpa, las posibilidades de sobrevivir se reducen. Los mercenarios lo sabe y por eso harán lo que haga falta para aumentar las probabilidades de salir de esta con vida.

-No quiero morir aquí, muchachos. Aquí, ahora, como un perro sarnoso. Vosotros pensáis igual, ¿verdad?

Una abertura entre las nubes deja pasar la luz de la luna.

Por un momento, el rostro surcado de lágrimas de Toma se puede distinguir en la negrura. Es aún más joven de lo que Kaim había deducido por su voz. Es solo un muchacho.

Las nubes ocultan la luna de nuevo y la oscuridad opaca lo envuelve todo otra vez.

Se distingue un destello débil en el corazón de la noche.

Sin decir nada, Kaim sale corriendo como el viento hacia él.

En el espacio de un rayo de luna pudo calcular la distancia que lo separaba de Toma.

Kaim coge a Toma por el brazo. Algo duro cae al suelo. La luz frágil vuelve a centellear, esta vez a los pies de ambos, antes de que se la trague la oscuridad.

Un cuchillo.

Presa del pánico, Toma intentaba cortarse el cuello.

Se revuelve para que Kaim lo suelte, pero este le asesta un golpe en el plexo solar.

Sin hacer el menor ruido, Toma pierde el conocimiento.


Con el muchacho a cuestas, Kaim se abre paso en la oscuridad.

Al final Toma se despierta y patalea para liberarse.

-¡Para! ¡Suéltame!

Kaim lo deja en el suelo.

-De vez en cuando entra algún rayo de luna. Oriéntate con el próximo. Camina derecho hacia la luna –le explica Kaim con amabilidad.

-¿De qué demonios estás hablando?

-Es la única manera de salir de aquí.

Kaim ha escogido la parte más débil del cerco del enemigo. Por supuesto, no hay garantías de que escapar de aquí sea su salvación En adelante, Toma tendrá que confiar en su suerte y habilidades.

-¿Tú también vienes? –pregunta Toma.

-No, yo vuelvo. Vete solo.

-¿Por qué? Ven tú también.
Vayámonos los dos. ¡Ven conmigo!

Toma agarra a Kaim por el brazo para suplicarle que lo acompañe pero Kaim le da una bofetada seca. Sus mejillas tiernas evidencian que no es ningún veterano de guerra. Su piel es la de un jovenzuelo, la de un niño.

-Vete solo.

-¿Pero por qué?

-Porque así sobrevivirás.

-¿Y tú? Tú también querrás vivir, ¿no? Deberías escaparte conmigo. ¿O es que quieres morir?

¿Quieres vivir?

No, Kaim no siente un gran aprecio por su vida. Si vive es por que no puede hacer otra cosa. Vive porque no le queda otra opción. Toma es demasiado joven, demasiado débil, para imaginar el dolor de una vida así.


-Vivimos para luchar. Es lo que hacen los mercenarios.

-Pero…

-Desaparece. Lo estás echando todo a perder.

-Nunca ganaréis esta batalla. ¿Por qué no escapar?

-Nuestro trabajo es combatir.

Dicho esto, Kaim se da media vuelta y se vuelve por donde vinieron.

Toma permanece inmóvil viendo cómo Kaim se aleja hasta que por fin decide echar a correr hacia el bosque del Oeste.


Luchar o huir: Kaim no sabe cuál es la mejor manera de sobrevivir.

Cree que es preferible no saberlo.

Aunque…


-Espero que lo consigas, muchacho –murmura mientras sigue adelante.

El cielo empieza a clarear por el Este. Pronto empezará el ataque despiadado del enemigo.

Unos pájaros emprenden el vuelo desde los árboles del bosque del Oeste.

Puede que se haya desatado una batalla menor. O tal vez el pobre aprendiz de mercenario haya caído presa del enemigo.

Kaim no mira atrás ni interrumpe su paso.

Está seguro de que ya conocía al mercenario parlanchín. Antes de que estallara la guerra, el muchacho vendía fruta en el mercado de la carretera. Era un buen chico, cuidaba de su madre, según las mujeres del mercado.

Que tengas una vida larga y plena, le desea Kaim, que sigue caminando con la vista fija en el resplandor del cielo del Este.

Fin
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Notapor vjoe el Jue 07 Ago, 2008 15:11

No me olvides, ¿me oyes?

-¡Hermanote!

Oye gritar a alguien a sus espaldas mientras se abre paso entre el gentío del pueblo.

Al principio Kaim, que busca hospedaje para pasar la noche, no se da cuenta de que es a él a quien llaman.
Sin embargo, siguen gritando con insistencia: -¡Hermano mío! ¡Hermanote!

Qué raro.

La última vez que visitó este pueblo fue hace ochenta años. No puede quedar nadie que lo conozca.

-¡Espera, hermanote! ¡No te vayas!

Cada vez se extraña más, pues la voz que lo llama “hermanote” es la de una anciana. Sin bajar la guardia, se gira poco a poco.

Exacto: es una mujer mayor.


La viejecita, ataviada con ropa de niña, mira fijamente a Kaim y sonríe emocionada.

-Creo que se ha equivocado –le dice Kaim sin ocultar su fastidio.

-No, de eso nada –dice la anciana sacudiendo la cabeza y ensanchando la sonrisa-. ¡Tú eres mi hermanote Kaim!

-¿De qué…

-¿Qué pasa, Kaim, ya no te acuerdas de mí?

-Er…Bueno…Yo…

A Kaim no le acaba de sonar esta mujer. Aunque al final la reconociera, sabe que no conoce a nadie en este pueblo. Se pregunta si no se habrá reencontrado con alguien que conoció algún día en el camino. No, está seguro de que no la conoce y, lo que resulta aún más extraño, ¿por qué esta mujer que podría ser su abuela lo llama “hermanote”?

¡No finjas que no me conoces, Kaim! ¡No seas malo!
La viejecita grita tanto que la gente se detiene a mirarlos.


No solo porque la anciana esté voceando, claro. En estas calles bulliciosas todo el mundo se ve obligado a levantar la voz para hacerse oír. Pero no llama la atención solo por eso. Los gritos de la viejecita suenan distintos a los de un adulto normal. Más bien recuerdan a los chillidos de una niña vociferando a pleno pulmón.

Los viandantes miran extrañados a la anciana y enseguida se desentienden.

Su confusión es comprensible. La viejecita lleva su pelo cano y liso sujeto con un lazo colorido y su vestido tiene el mismo estampado de flores y las mismas mangas holgadas que el de una niña.

Muchos de los transeúntes la miran entre compadecidos y apenados.

Poco a poco, Kaim lo va entendiendo. Se trata simplemente de que esta mujer está demasiado mayor. Por eso el pasado, encerrado en su memoria, se ha vuelto más auténtico para ella que la propia realidad.


Un hombre de mediana edad que pasa junto a ellos tira del codo a Kaim.

-Yo en su lugar no le haría caso. No deje que le líe. Sólo le traerá problemas.


-Es verdad –confirma la esposa del hombre al tiempo que asiente con la cabeza-. Como usted no es de aquí, no lo sabe, pero esta mujer está senil. Se olvidará de usted enseguida.

Puede que tengan razón, pero el caso es que la viejecita sabe su nombre.
La niña que vive en su cabeza cree que es su “hermanote”.


Kaim se esfuerza por recordar.

La última vez que estuvo aquí, hace tanto tiempo, apenas se quedó unos días.
No llegó a conocer a mucha gente y ya no puede quedar nadie que se acuerde de él.

Al ver que Kaim no se aparta de la anciana, el matrimonio entrometido se ofende.

-Intentas ayudar, ¿y cómo te lo agradecen? –resopla el marido.

-Déjalos, ellos verán –añade la esposa-. Vámonos. –Sin más, siguen por su camino.


La anciana afila la voz al máximo y les grita mientras se alejan airados:
-¡No me olvidéis, ¿me oís?!

Es entonces cuando Kaim se acuerda. La viejecita se pone muy contenta al ver que la ha recordado.

-¿Me recuerdas ahora? –grita la mujer-. Soy Shushu. Yo… ¡Shushu!
Ahora sí la recuerda; era muy pequeña cuando la conoció en este pueblo hace ochenta años.
Entonces apenas levantaba dos palmos del suelo. Era una niña muy espabilada, cuya falta de timidez con los extraños se debía a que era la hija del posadero.

Debió de hacerle gracia una expresión que oyó decir a alguien, de modo que siempre que un huésped se marchaba después de haber pasado algunos días en la posada, en lugar de despedirlo con el típico “adiós” o “muchas gracias”, le sonreía y le decía con jovialidad: “no me olvides, ¿me oyes?”.

Sin embargo, cuando por fin distingue a la niña que se esconde bajo la maraña de arrugas, Kaim aparta la mirada del rostro de la anciana.

-¿Qué pasa, hermanote?

Kaim no soporta la mirada vacía de Shushu.

¡Han pasado ochenta años! ¿De qué pueden hablar un hombre que no envejece nunca y una anciana senil a la que conoció de niña?


-Déjenme pasar, por favor. Lo siento, déjenme pasar, por favor.

Un joven se abre paso entre la gente en dirección a donde están Shushu y Kaim.
-¡Bisabuela!

-¿Cuántas veces te tengo que decir que no salgas sin avisarme?
Tras regañar a la anciana, mira a Kaim y agacha la cabeza a modo de disculpa.

-Lamento si le ha molestado. Está mayor y se le va la cabeza. Le ruego que la perdone.

Sin embargo Shushu frunce los labios y exclama:
-¿Qué estás diciendo? Solo estoy hablando con mi hermanote Kaim. ¿Qué tiene de malo?

Clava los ojos en el joven y pregunta: -¿Quién eres tú?

El muchacho mira a Kaim con ojos tristes y comienza a disculparse de nuevo.

Kaim esboza una sonrisa afligida y lo interrumpe.

Sabe que a veces es más triste y doloroso cuando una vida se alarga que cuando es demasiado corta. Aun así, por dramática que sea la vida de una persona, nadie tiene derecho a pisotearla.

-No comprende que es una anciana.
Si le pongo un espejo delante, pregunta: “¿quién es esta viejecita?”.

El muchacho, que se llama Hosee, le explica la situación: -Puede no acordarse de lo que ha desayunado, y sin embargo conserva recuerdos muy vivos de su infancia.


Kaim asiente con la cabeza.

Hosee y Kaim se sientan en un banco de la plaza del pueblo y miran cómo Shushu recoge flores.
Está confeccionando una guirnalda para su hermanote, al que hace tanto tiempo que no ve.

Pero, en serio, señor, ¿no le estamos entreteniendo? ¿No tenía prisa?

-No, no pasa nada, no te preocupes.

-Muchas gracias.

Sonríe por primera vez y afirma que hacía años que no la veía tan contenta.

El joven está convencido de que su bisabuela cree que Kaim se parece a alguien que conoció de pequeña. Kaim lo prefiere así. Sabe que Hosee ni se imagina que está hablando con alguien que nunca envejece, ni tiene por qué saberlo.


-Su salud ha empeorado mucho últimamente.
Cada vez que tiene fiebre, nos preguntamos si habrá llegado su hora y nos preparamos para lo peor.
Pero luego se recupera como si nada. A veces bromeamos diciendo que se le va tanto la cabeza que se le olvida morir.
Kaim mira al chico, que mantiene la vista al frente. Hosee sonríe con cariño mientras habla de su bisabuela. No cabe duda que de pequeño ella lo abrazaba y jugaba con él. Ahora, ya mayor, la vigila como un padre que cuida de su hija.

Le grita: -Muy bien, bisabuela. ¡Hacía mucho que no preparabas una corona tan bonita!

Shushu, acuclillada entre la hierba con un ramo de flores en las manos, contesta:
-No es verdad. ¡Ayer le hice una guirnalda!

-Luego le dice a Kaim-:
¿Verdad, hermanote? Te la pusiste para mí, ¿a que sí?

Kaim pone las manos en cuenco alrededor de su boca y le grita:
-¡Claro que sí! ¡Olían a gloria!

El rostro de Shushu se retuerce de pura dicha.
Hosee se conmueve y agacha la cabeza.

Kaim le pregunta: -¿Eres el único que cuida de ella?

-Ajá. Junto con mi esposa Cintia.

-¿Y tus padres?
¿O tus abuelos? ¿Ya no viven?

Hosee se encoge de hombros y responde:


A sus abuelos se los llevó la epidemia de hace veinte años.

Su padre murió en la guerra que sacudió la zona diez años atrás.

Su madre, la nieta de Shushu, envejeció más rápido que su madre y falleció hace cinco años.


-Así que mi bisabuela ha asistido a todos los funerales: los de sus hijos y los de sus nietos. Cuando nos dimos cuenta, era la persona más vieja del pueblo. Debe de sentirse muy sola…

-Seguro –confirma Kaim.

-Tal vez sea un favor de los dioses el perder la cabeza cuando se ha vivido demasiado. Al menos es así como yo lo veo últimamente. Aunque nos dé pena, no está sola en absoluto. Vivir mucho significa acumular montones de recuerdos. Puede que no esté tan mal vivir entre ellos durante nuestros últimos días.

Shushu se pone de pie cargada de flores.

-¡Hermanote Kaim! ¡Te voy a hacer una corona de flores ahora mismo!
Si me sobra alguna, le prepararé otra a este muchacho.

Kaim y Hosee se miran perplejos.

-¿Por qué sonreís así? –pregunta Shushu-. ¿Ahora sois amigos?
Abre sus ojos cercados de arrugas cuanto dan de sí, les sonríe con toda su ilusión y se desploma sobre la hierba.


Hosee hace ademán de salir corriendo a buscar a un médico pero Kaim le sujeta del brazo y le dice: -Será mejor que te quedes con ella.
Por irónico que resulte, Kaim, que en el fondo no se imagina cómo se siente una persona al envejecer, ha presenciado por ese mismo motivo incontables muertes a lo largo de los años. La experiencia le dice que esta vez Shushu no se va a recuperar.

La anciana está tendida boca arriba, arropada con las flores que había recogido.


No ha perdido la sonrisa.
-Espera un momento, hermanote Kaim. Ahora mismo termino tu corona de…

Su mente sigue extraviada entre sus recuerdos.
¿Seguirá así hasta el final?


-¡Aguanta, bisabuelita! ¡No me sueltes!

Hosee le coge la mano y le infunde ánimos entre sollozos aunque tal vez ella ni siquiera sepa que es su bisnieto.

-¡Soy yo, bisabuelita, yo, Hosee! ¿No te habrás olvidado de mí, verdad?
Anoche te bañé. ¿No me reconocías entonces?

Hosee le habla con desesperación.

Aún así, Shushu, que no deja de sonreír como una niña, se está yendo de este mundo.


-¡Pronto seré padre, bisabuelita! ¿Recuerdas? Te lo dije anoche. Cintia lleva un bebé dentro. ¡Vas a ser una tatarabuela maravillosa! Nuestra familia va a crecer… Otra criatura sangre de tu sangre.

Sin perder la sonrisa en ningún momento, Shushu coge una de las flores entre sus dedos temblorosos.

Se la ofrece a Hosee y, con un hilo de voz, le pide:
-No me olvides, ¿me oyes?

Hosee no comprende.

¿Cómo iba él a saber que ella tenía por costumbre decir eso de pequeña?


Kaim le pone la mano en el hombro y le dice que le responda.

-Entiendo, bisabuelita. No te olvidaré. No pienso olvidarme de ti nunca. ¿Cómo iba a olvidarme de mi bisabuelita?

-No me olvides, ¿me oyes?

-No me olvidaré de ti, bisabuelita, créeme. Siempre te recordaré.

-No me olvides, ¿me oyes?


Shushu cierra los ojos y posa la mano sobre las flores que cubren su pecho, como si buscara algo entre ellas. Parece que quisiera abrir la puerta que lleva a donde viven los recuerdos.

La brisa la acaricia.

Las flores que la cubren bailan al son del viento junto con los recuerdos.

Seguramente entre ellos se encuentra el Kaim de hace ochenta años.


Kaim arranca uno de los agitados pétalos y cierra el puño a su alrededor.


Shushu ya no volverá a abrir los ojos.

Ha emprendido un viaje hacia un mundo sin pasado ni presente.

Solo deja atrás a Kaim, que vivirá siempre, y a Hosee, que será padre dentro de poco.


Sin soltarse del cadáver, Hosee levanta la cabeza y mira a Kaim con los ojos bañados en lágrimas.

-Muchas gracias –le dice a Kaim, el viajero-. Gracias a usted, mi bisabuela fue feliz recogiendo flores en sus últimos momentos.
-No, no ha sido gracias a mí –corrige Kaim.

Aprieta el pétalo que guarda en el puño y le dice a Hosee:
-Estoy seguro de que si hubiera terminado su corona, se la habría regalado a tu bebé.

Hosee ladea la cabeza con timidez y murmura acto seguido, sonriendo a pesar del llanto-: Seguro que sí.

Respecto a la promesa que le has hecho… mantenla y no la olvides.

-No, claro que no.

-Los que se van siguen vivos siempre que alguien los recuerde.

Dicho esto, Kaim empieza a alejarse poco a poco. A sus espaldas oye la voz de Shushu.


No me olvides, hermanote Kaim. ¿me oyes?

Es la voz de la niña que conoció hace ochenta años, que suena más nítida, dulce e inocente que nunca para decir adiós al hombre cuyo viaje no acabará jamás.


Fin
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Notapor vjoe el Jue 07 Ago, 2008 15:12

Cartas de un debilucho

Había una vez una mujer que vino de una tierra extranjera para casarse con alguien de una antigua familia.
Su marido era de un pequeño pueblo de las montañas, pero trabajaba en una próspera ciudad portuaria en el extranjero cuando la conoció y se enamoró de ella. Cuando le pidió que se casara con él, en su país de origen su padre cayó enfermo y murió.
Al ser el hijo mayor de la familia, el joven no tuvo otra elección que volver a su tierra natal, llevándose con él a su mujer, por supuesto.

Se llamaba Myna. Este no era un nombre habitual entre las mujeres del país de su marido.

En realidad, su nombre no era lo único diferente en ella.

El color de la piel, el pelo y los ojos, así como el idioma que hablaba eran del todo diferentes.
Si el pueblo natal del joven hubiera sido una ciudad portuaria que presenciara el ir y venir de gentes de diferentes tierras, no hubiera habido nada fuera de lo común en esto.

En tales lugares hay muchos hogares que dan la bienvenida a la familia a hombres y mujeres extranjeros, generación tras generación.

-Pero esto es lo más profundo del país a lo que se puede llegar –le dijo el joven a Kaim, suspirando, la noche en que convirtió a Myna en su esposa.

Kaim se había apresurado en venir desde la ciudad portuaria del lejano país para asistir a la boda.

En el banquete, el joven había mirado a Kaim y ambos se habían escabullido de las celebraciones. Estaban en el jardín, mirando el cielo nocturno.

-Cuando el hijo mayor se casa, sus deseos no importan. Lo que importa es “la familia”.

Las dos familias negocian el compromiso, se elige una novia aceptable para los padres del novio. Así es como fue con mis padres, y mis abuelos hicieron lo mismo.


-Sé a qué te refieres –dice Kaim asintiendo.

A juzgar por la ceremonia formal de la boda, es fácil imaginar la naturaleza muy conservadora de la zona, e igual de fácil imaginar que los parientes no veían con buenos ojos el ingreso de Myna dentro de la familia.

-Alex –dijo Kaim al joven.

¿Sí? –respondió el joven, aún mirando al cielo.

-Sabes que eres el único que puede proteger a Myna.

-Lo sé, Kaim.
-Myna es una chica maravillosa

-También lo sé, por supuesto.

Los tres eran buenos amigos. Kaim y Alex habían trabajado juntos descargando barcos en el mismo muelle, y también a menudo habían ido juntos al vecindario en el que Myna trabajaba en un puesto callejero. Incluso ahora Kaim conserva recuerdos agridulces de Alex y Myna luchando por comunicarse en sus respectivos idiomas.

-¿Sabes, Kaim? –le dijo Alex esa noche bajo el cielo-, creo que tú también lo sentías, pero Myna se veía menos atraída por mí que por…

Kaim le interrumpe. –Olvídalo –le dijo con una sonrisa de pena.

Obviamente, Kaim sabía lo que Myna sentía. Y si hubiera correspondido a sus sentimientos, Alex y ella hoy no estarían casados.

Pero Kaim se contuvo. En cambio, animó a Alex a perseguir su amor por Myna y ayudó a que los dos se conocieran. No se arrepentía de haber actuado como un Cupido insólito para ellos. Destinado a continuar su viaje interminable, KAim no era capaz de amar a Myna.

Uno de los tíos de Alex salió de la casa, borracho.
-Eh, Alex, ¿qué haces aquí fuera? –gruñó-.

El novio no puede ausentarse de la recepción.

-Claro, enseguida voy –dijo Alex, girándose hacia su tío.

Kaim le tocó el hombro.

-Haz feliz a Myna, Alex.

-No te preocupes –respondió con una sonrisa.

-Vamos –dijo el tío-. Date prisa. Se supone que el novio tiene que estar allí sentado todo el rato. ¡Toda la familia está aquí y vamos a beber durante toda la noche!
Agarró la mano de Alex y lo arrastró de vuelta a casa.

El hombre era todo sonrisas con Alex, pero cuando miró a Kaim, su dudosa sonrisa de amabilidad no pudo disfrazar un reflejo de desconfianza hacia los forasteros en los ojos.
Kaim estaba seguro de haber notado ese mismo reflejo, aunque quizás no abiertamente, en los ojos que se posaban sobre Myna.

Ese era el tipo de pueblo al que Myna había ido como novia.

-Será mejor que la hagas feliz, Alex –dijo de nuevo Kaim hacia su amigo mientras se alejaba-. ¡Cuento contigo!

Pero el tío ya tenía el brazo alrededor de los hombros de Alex, y ruidosamente monopolizaba la atención de su sobrino. Alex nunca oyó esas palabras de Kaim.

Tres meses después Alex fue a visitar a Kaim al trabajo en el muelle.

-Estoy en la ciudad en viaje de negocios, así que pensé en parar a decir hola –le anunció Alex. Pero a juzgar por la evidente fatiga de la cara de su amigo, Kaim se hace una buena idea de la verdadera razón de su venida.

Con la mayor naturalidad posible, Kaim preguntó: -¿Cómo está Myna?

Alex respondió con una débil sonrisa: -Después de la boda…han pasado cosas.

A Myna no la habían aceptado ni como miembro de la familia
ni como vecina del pueblo.

Había demasiadas diferencias: en las costumbres cotidianas, en la cultura.
Pero lo que hacía a Myna demasiado diferente en el pequeño pueblo era el color marrón de su piel.

-Si al menos pudiera hablar con la gente. Myna hace todo lo posible por aprender el idioma, pero mi madre y los otros familiares no intentan aprender el de ella.
No más de “buenos días” o “gracias”. Insisten en que la nuera debe hacer todo por adaptarse.

Aun así, Myna se esforzaba por adaptarse a la familia y el pueblo de Alex. Era la primera en ir a los campos por la mañana, trabajaba sin descanso hasta que el sol se ponía y cosía hasta tarde. Intentaba hablar con la gente en el dialecto local que Alex le había enseñado, utilizando gestos y el lenguaje corporal, y se excusaba con profusión, con pobres sonrisas, siempre que no lograba comprender lo que le decían.


Kaim podía imaginar fácilmente a Myna haciendo todos estos esfuerzos, por lo que las noticias de Alex le resultaban más dolorosas.

-Deberías venir a visitarnos de vez en cuando, Kaim. A Myna le encantaría verte también. Kaim respondió vagamente asintiendo en silencio. Alex añadió: -Quiero que vengas y la alegres. Kaim no respondió nada.

-¿Qué pasa, Kaim? ¿Estás enfadado?

-No voy a ir a visitaros.

-¿Por qué no?

-Me prometiste que la harías feliz, ¿recuerdas? Acordamos que eras el único que podía hacerlo.

-Pero aun así…

-Lo siento, no tengo tiempo para esto.

Tengo que cargar este barco antes de que parta al atardecer.

Con esta seca despedida, Kaim se giró y siguió trabajando. Alex le miraba fijamente desde detrás, frustrado y confuso. Kaim podía sentir la mirada de su amigo en la espalda. Como podía sentirla, siguió trabajando sin volver la vista atrás.

Alex terminó por darse por vencido y se marchó.

Ninguno dijo palabras de despedida.

Un año después de la boda, Myna tuvo un niño.
El chico tenía la piel marrón como su madre.
Acababa de empezar a gatear cuando Alex visitó de nuevo a Kaim.
Se hablaba de divorcio, dijo Alex.

Nuestra relación no tiene nada de malo. Myna y yo nos queremos, eso es seguro. Pero mi madre y mis familiares dicen que no hay forma de que puedan aceptar a un niño de piel marrón como heredero de la familia. Supuestamente su existencia daña las perspectivas de matrimonio de mi hermano y hermana menores. Así que quieren enviar al bebé con la familia de Myna. Han ido demasiado lejos…

Alex había perdido mucho peso. Obviamente vivía sufriendo cada día, atrapado entre “la familia” y Myna.

Nada de eso tenía sentido para Kaim.

Por más “atrapado” que Alex estuviera, siempre que se mantuviera firme en lo que era importante para él, sólo podría haber una respuesta a las exigencias de la familia, y debería poder llegar a ella sin angustia ni confusión.

-Sé que eres fuerte –suspiró Alex, hablándole a la espalda de Kaim conforme este seguía levantando en silencio enormes y agotadoras cajas.

Aquí pagaban bien a los estibadores por manejar solos las cajas, cargas que normalmente se levantarían entre tres hombres. El sueldo diario se calculaba según el número de cajas que cada hombre levantaba, así que pedir ayuda suponía un recorte de la paga.

Por esta razón, Kaim y los otros nunca se quejaban ni pedían ayuda. Levantaban solos incluso las cargas más pesadas.

Alex también había sido así.

Si alguien de alrededor le preguntaba si necesitaba ayuda con algo, eso no hacía sino animarle más aún a hacerlo solo.
Declinaba la oferta amablemente y apretando los dientes levantaba una carga gigantesca.

Pero Alex ya no era así.

-Empiezo a pensar que, quizás, a largo plazo, atar a Myna a la vida del pueblo va a hacerla infeliz. Mis parientes dicen que mantendrán a Myna y al bebé. Así que no es como si la abandonara o la echara. Es solo eso, por el bien de ambos, empezar una nueva vida…

Tras apilar unas cajas en la cubierta, Kaim se volvió hacia Alex por primera vez. Lo miraba en el muelle.

-¿Y eso te parece bien?

-¿Cómo?

-Si estás convencido de que es lo correcto, entonces adelante y hazlo.
Yo no tengo nada que ver con eso.

Los rasgos de Alex se crisparon por el impacto de las palabras de Kaim.

Kaim volvió al trabajo sin añadir nada más.
Su furia y frustración estaban al rojo vivo.

Alex no tenía ni idea de que Myna había estado escribiendo a Kaim desde poco después de la boda.

No decía una palabra de las penurias a las que se enfrentaba en la familia de su marido.

En cambio, siempre le detallaba lo feliz que era con su vida actual y repetía lo mucho que Alex la quería.

Las cartas siempre terminaban así con un “estoy segura de que tú también debes de llevar una vida feliz, Kaim”.

Por eso las noticias de Alex sobre la situación en casa le habían llenado de una intensa furia y frustración.

Nunca había respondido a las cartas de Myna.

Estaba seguro de que si le escribía, con palabras de ánimo o consuelo, o incluso siguiendo su juego de tristes mentiras, algo importante que a ella le daba apoyo espiritual se rompería en dos.

-Ven a ver al bebé, Kaim –le rogó Alex-. Myna estaría encantada si lo hicieras.
En lugar de responder a Alex, Kaim le gritó desde cubierta:
-¿Ves esa caja de ahí? ¿Puedes levantarla?

La caja junto a Alex era del mismo tamaño y peso que la que Kaim acababa de cargar en el barco.

En los viejos tiempos, Alex no habría vacilado en subirla al barco, con cada músculo de su cuerpo sacudiéndose.

Sin embargo, Alex se limitó a lanzar una tímida mirada a Kaim y, sonriendo para ocultar su vergüenza, admitió no poder levantarla.

Kaim no dijo nada más.

Sentía con fuerza que su larga amistad había terminado,
Pero de hecho, para Kaim, cuya vida continuaría por toda la eternidad, tan solo había sido un conocido momentáneo.

Desde entonces Kaim ha seguido su viaje interminable.

De vez en cuando vuelve a pensar en los días pasados.

Tanto Alex como Myna hace mucho que pasaron a ser parte de los recuerdos lejanos, la clase de recuerdos que resurgen con una profunda sensación de amargura.

Y ahí están hasta hoy día.

Alex hizo su tercer viaje para ver a Kaim un año después de que el bebé naciera.
Su demacrado cuerpo era una mera sombra de lo que era;
miraba ausente a Kaim y su voz carecía de toda entonación al anunciar la muerte de Myna.


Se había suicidado.

-Se colgó en el granero…

Kaim estaba sorprendido de su propia indiferencia ante las palabras de Alex.

Las cartas de Myna habían dejado de llegar hacía varios meses, bien porque ya no tuviera que contar esas pequeñas y tristes mentiras sobre su integración en la familia y en el pueblo de Alex, bien porque ya no tuviera fuerzas para seguir inventándolas.
De hecho, Kaim comprendía ahora que se trataba de lo segundo.

-Hasta el final, no pudo hacer que nadie la aceptara; mi madre, mi familia, el pueblo –dijo Alex llorando-. Estuvo completamente sola, hasta el final…

Sin decir palabra, Kaim golpeó a Alex en la cara.

Alex parecía saber y aceptar el hecho de que el puñetazo iba a llegar. No hizo nada para resistirse o defenderse. El puño le dio de lleno y lo tumbó en la carretera.

-¿Por qué? –Kaim exigía respuestas-. ¿Por qué has dicho que estaba completamente sola? Cuando Alex se puso de pie, le golpeó otra vez en la cara.

Alex comenzó a toser violenta e incontrolablemente, y cuando escupió sangre, un trozo de diente salió también de su boca.

Kaim sabía muy bien que Alex también había estado sufriendo, que había entablado una lucha desesperada por debatirse entre “la familia” y su “esposa”. De lo contrario, el musculoso joven que solía ser nunca se habría consumido tan dramáticamente.

Sin embargo, a pesar de saber esto, Kaim no podía perdonarlo.

Él se lo había prometido. Le había dado su palabra. Que haría feliz a Myna. Que la protegería. KAim nunca podría perdonar a Alex por no cumplir su juramento.

Alex se puso de pie, limpiándose la sangre con el dorso de la mano. –Sé que eres fuerte- le dijo Kaim como la vez anterior, mas esta vez sus palabras adquirieron un tono mucho más triste-.

Pero deja que te diga algo, Kaim. Mi madre, mi familia y los demás… no están tan equivocados, en el fondo. Para vivir en paz y tranquilidad en el campo, tienes que seguir las reglas especiales del campo. Resulta que una de esas reglas era no aceptar una “novia” como Myna. Nací y crecí en ese pueblo, conozco las reglas del pueblo, las conozco demasiado bien, por eso he estado sufriendo tanto todos estos meses. Supongo que soy un debilucho. A tus ojos, probablemente sea tan débil que querrías escupirme. Así que… ¡ríete de mí! ¡Pégame! ¡Despréciame si quieres!
¡Vamos, pégame otra vez!

Alex le enseñó la cara a Kaim para recibir más castigo, y éste le lanzó otro puñetazo que aterrizó de pleno en su nariz, y puede que la rompiera.

Alex cayó de rodillas. La sangre que le chorreaba de la nariz era más negra que la sangre de la boca. Alex miró a Kaim con una sonrisa de desdén hacia sí mismo.

-Myna debería haber estado contigo. Eso es lo que creo. Si se hubiera casado contigo y no con un debilucho como yo, aún estaría viva.

Con un grito ahogado sin palabras, Kaim embistió a Alex, agarrándolo del cuello y alzándolo sobre sus pies.

Otro puñetazo.

Y otro.

Kaim no pensaba dejar de golpear a Alex.

Aunque ahora, con la mano de Kaim asiendo su camisa, Alex miró de frente a su amigo por primera vez desde que vino al muelle.

-¿Por qué nunca respondiste a las cartas de Myna? Eso es todo lo que ella esperaba, una carta tuya.
Así que lo sabía. Alex lo sabía todo.

-El campo es terrible. Cualquiera que lo desee puede averiguar quién escribió cartas y quién las recibió. Todos allí son como una familia; todos menos Myna, claro.


Si Alex hubiera querido, podría haber destruido las cartas de Myna fácilmente. Entonces, ninguna de sus tristes y pequeñas mentiras habría llegado hasta Kaim.

Pero en cambio, Alex había leído las cartas, había vuelto a sellar los sobres, y se las había mandado a Kaim una tras otra. Había interiorizado las tristes y pequeñas mentiras de Myna y empezó a desear que Kaim respondiera entes que ella.

KAim detuvo el puño en el aire y preguntó: -¿Cómo iba a responderle?

-¿Por qué no? –replicó Alex-. Sabías lo atrapada que se sentía. Tenías que saber cuánto ánimo le habría dado una palabra tuya.

-Pero tú eras su marido.
-Sí, es cierto, pero tú siempre fuiste el que estuviste en lo más hondo de su corazón. Yo lo sabía, y por eso, solo había una cosa que podía hacer.

¡No, no puede ser!

Atónito, Kaim bajó el puño conforme Alex se lo confesaba: -Yo le escribía.
Fingía ser tú, y le escribía una carta tras otra. “Sé fuerte”, le decía, “mantén los ánimos”, “iré a verte pronto”. Tú eres demasiado fuerte, Kaim, así que no entiendes los sentimientos de la gente débil. Pero yo no tengo ese problema: soy débil. Entiendo cómo se sentía una debilucha como Myna.

Alex lloraba, con la sangre corriéndole de la nariz y la boca.

-Hay algo que no sé, Kaim. No sé si Myna creía de verdad que las cartas eran tuyas, o si sabía que lo hacía yo y fingía creerlo. Me lo pregunto. ¿Acaso la vida en el pueblo era tan dolorosa para ella que no podía seguir viviendo sin fingir que creía?


Kaim no trató de responder a la pregunta de Alex.
Lentamente, dejó escapar la fuerza de su puño cerrado y soltó la camisa de Alex.

Alex se alejó un paso de él, después dio otro paso, poniendo distancia entre ellos antes de su revelación final.

-Hubo una carta, solo una, que no te envié. Fue hace tres meses.

Fue la primera carta en la que Myna te pedía ayuda. Decía que quería escapar y te pedía que fueras a salvarla. Tan pronto como fuera posible. A rescatarla a ella y al bebé.


Alex tiró esa carta.

Haciéndose pasar por Kaim, le escribió una respuesta de dos palabras: “sé fuerte”.
El día después de leer la carta de Alex, Myna se colgó en el granero.

Kaim se quedó clavado en el sitio, alicaído.

Esto lo dejó indefenso por el momento.

Alex le lanzó un puñetazo en el plexo solar, aunque su débil golpe apenas podía llamarse “puñetazo”. El dolor inflingido puede que fuera mayor para el puño de Alex que para los músculos en perfecta forma de Kaim.

-¡Qué idiota fui! ¡”Sé fuerte!” Tales palabras podrían haber significado algo para alguien como tú, pero cargar a una persona débil como Myna con ellas… No, solo podían hacerla añicos y hundirla.

Alex volvió a sonreír con pena y desprecio ofreciéndole la cara a Kaim.

-¡Pégame entonces! ¡No me importa en absoluto! ¡Pégame todo lo que quieras!
¡Dame una paliza!
Pero deja que te pregunte algo, Kaim. Si te hubiera enviado esa última carta, ¿habrías respondido por fin? ¿Habrías podido aceptar a Myna en toda su debilidad?

Kaim no supo responder a esa pregunta. Tampoco volvió a levantar el puño cerrado contra Alex.


Así terminó la historia de Kaim y Alex.

Alex se dio media vuelta y se marchó, pero Kaim no podía llamarlo. Simplemente se quedó allí, carente de toda emoción, viendo cómo se iba.

Sin embargo, Alex se volvió hacia Kaim una vez más cuando hubo bastante distancia entre ellos para que Kaim apenas oyera su voz.

-Ten una cosa por segura, Kaim –gritó-. ¡Voy a criar a mi hijo!
¡Lo convertiré en un hombre de mi pueblo! Puede que haya sido débil como marido, pero lo haré mejor como padre. Lo haré feliz.

Kaim respondió con un silencioso asentimiento. Alex permitió que un indicio de sonrisa asomara en su cara terriblemente magullada. Después se giró una vez más y se alejó a grandes pasos.

Kaim nunca volvió a verlo.


De vez en cuando, Kaim se acuerda de Alex y Myna al continuar su interminable viaje. Cuando vuelve a pensar en cómo era él mismo en esos días, queriendo solo ser fuerte en todo, el recuerdo es amargo.

Si hubiera sido la persona que es hoy…

El Kaim de ahora no habría rechazado tales debilidades humanas. Ahora puede aceptar el hecho, a veces con una sonrisa dolida, a veces con verdadero dolor de corazón, de que todo el mundo es débil.

¡Ojalá pudiera comenzar de nuevo su viaje!

Myna no hubiera tenido que morir.

Pero eso es solo un sueño imposible.

Los conoció solo una vez, y se han ido para siempre; los mortales, los humanos, los que no tienen vida eterna. Eso es lo que les hace apreciarlos aún más.
Eso es lo que hace que su pecho arda por ellos.

Consciente de que ha fracasado en amar la debilidad humana durante sus batallas y andanzas, Kaim dirige sus pasos hacia el antiguo pueblo de Alex.

Alex lleva ya mucho tiempo muerto.

Pero los descendientes de Alex son fáciles de diferenciar. Tienen la piel marrón.

Jóvenes de piel marrón son los que se encargan de las fiestas del pueblo.

Viejas mujeres de piel marrón enseñan a las chicas a hacer adornos florales.

Niños de piel marrón y aquellos que no la tienen igual juegan juntos inocentemente, despreocupados.

Quizás esto pueda suponer un pequeño epílogo para la historia de Alex, Kaim y Myna.

Las tumbas de Alex y Myna yacen juntas encima de la colina baja barrida por el viento.

Kaim recoge flores del campo y las ofrece en las tumbas de la desdichada pareja antes de volver a la carretera.

¿Qué es la fuerza humana, después de todo?

Kaim aún no conoce la respuesta a esa pregunta.

Y por eso hoy de nuevo su viaje debe continuar.


Fin
vjoe
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Notapor vjoe el Jue 07 Ago, 2008 15:17


La campana vespertina


Una granja se extiende ante él sobre una colina. Kaim cosecha verduras, empuñando su azada con una profunda concentración.

El cielo de esta tarde de otoño es de un color rojo oscuro.

-¿Quizás deberíamos dar el día por terminado –dice la robusta granjera mientras coloca un puñado de verduras en una cesta.

Kaim asiente y se limpia el sudor de la frente.

-Eres de gran ayuda –dice la mujer-. Mira todo lo que hemos sacado.

Kaim responde al halago con un ligero asentimiento.

-¿Sigues sin recordar de dónde vienes? –pregunta.

-Me temo que no…

-Bueno, mientras trabajes así –dice riéndose-, por mí como si vienes de la luna.

-En serio, Kaim, ¿qué harás cuando termine la cosecha?

-Aún no lo sé, no lo he decidido.

-También en invierno hay mucho trabajo que hacer por aquí –dice ella-. No me importaría que quisieras quedarte un poco más…

-Gracias –dice Kaim.

Es una mujer agradable y muy trabajadora.

Cuando se preparan para marcharse, una pequeña campana comienza a sonar.

Aún es un poco pronto para la campana vespertina de la iglesia.

Kaim echa un vistazo a la carretera colina abajo. Avanza por ella un cortejo fúnebre en el que los dolientes rodean una carreta que lleva un ataúd.

La mujer pone la azada en el suelo, se quita el pañuelo de la cabeza y junta las manos.
Kaim escudriña las colinas para ver que todos los labriegos de los campos vecinos hacen lo mismo: juntan las manos, agachan la cabeza y cierran los ojos en dirección al funeral que pasa.

Kaim sigue su ejemplo.

El anciano que abre el cortejo fúnebre balancea una pequeña campana.

Su tañido resuena entre las colinas.

Los dolientes pasan en silencio. Las mujeres con velos negros, los hombres con abrigos negros, las cabezas agachadas.



Los niños en la parte posterior se dan codazos en broma, inconscientes del significado de la muerte.

Cuando el funeral pasa, la mujer levanta la cabeza y parpadea con los ojos húmedos.

-El que ha fallecido va a casa –dice.

-¿A casa? –pregunta Kaim algo extrañado.

-A casa… a la tierra… al cielo… al mar. Como todos los seres vivos.

Kaim asiente con un silencioso reconocimiento. ¿Cuántas muertes ha visto en su interminable y larga vida?

Toda esa gente deja este mundo nuestro y nunca volvemos a verlos. En ese sentido, la muerte es un acontecimiento infinitamente triste. Aunque, si pensamos que al morir vuelven a sus hogares en otra parte, una especie de consuelo e incluso alegría se mezcla con la tristeza.


Pero Kaim, que no puede envejecer ni morir, nunca irá a casa.

LA mujer recoge un puñado de tierra y dice con un profundo sentimiento:

-Muchas vidas son parte de esta tierra; las vidas de criaturas diminutas que no podemos ver, la vida de la hierba marchita… Si lo piensas así, muchas vidas crean estas verduras para nosotros.

-Entiendo…

-¿Puedo pedirte un favor, Kaim?

-Por supuesto…

-Si muero mientras trabajas aquí, ¿esparcirías mis cenizas por este campo por mí? Con un puñado bastaría.

Kaim no tiene palabras. Se esfuerza por sonreír.

Sin su marido, ya fallecido, y con sus hijos lejos de casa, la mujer vive sola en la granja.

Kaim sabe que si sigue trabajando allí, le guste o no, con el tiempo tendrá que velar por la mujer en su lecho de muerte, incluso si muriera dentro de cien o doscientos años.

La campana de la iglesia suena para anunciar el final de la jornada.

La mujer junta las manos delante de ella como hizo cuando pasó el funeral.

-Se me ha permitido acabar un día más a salvo. Por esto doy gracias de corazón. Que mañana sea otro próspero día para mí…

Al rezar, su voz resuena con energía en el pecho de Kaim. Le ocurre cada vez que oye la campana vespertina de la iglesia: se convence de que no pertenece a este lugar.

-Señora –dice a la mujer después de que el último repique suene.

-¿Sí?

-¿Acaso la gente no da gracias por cada día a salvo y reza para tener buena suerte al día siguiente porque sabe que su vida acabará?

-¿Qué ocurre, Kaim?

-Me marcharé del pueblo cuando acabe la cosecha.

-¿Por qué así, de repente..? ¿Qué ha sucedido?

-No tengo derecho a vivir aquí –dice.

Kaim levanta la cesta de verduras con ambos brazos mientras ignora la estupefacción de la mujer

Echa otra larga mirada al atardecer.

-¿Adónde irás si te marchas, Kaim?

-No lo sé. A cualquier parte.

-¿Vas a seguir vagando así?

-No tengo un hogar al que volver –dice Kaim.

Con la cesta sobre sus hombros, comienza a bajar la colina.

Su espalda brilla al rojo del ocaso.


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Notapor vjoe el Jue 07 Ago, 2008 15:19

Bueeeno, pues ya no tengo más hasta el del general carnicero, que creo es el 19 o así. Ahora que otro tome el relevo.
vjoe
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